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13 de enero de 2018

"Universitario de Lima: Una experiencia fantástica", por Ángel Cappa

Apertura del 2002. Ángel Cappa (Argentina, 1946) es el técnico de Universitario de Deportes, equipo con el que pasó “esos seis meses infinitos” de peripecias, golpes anímicos, situaciones increíbles… Las siguientes líneas, además de otro texto acerca del peso de la camiseta de Universitario, fueron escritas por Cappa en su libro ¿Y el fútbol dónde está? (Peisa, 2004), sobre esa angustiante campaña, que, después de todo, tuvo un fantástico final: el campeonato, en finales definitorias contra Alianza Lima… contra todo y contra todos.

Abrazo triunfal entre Ángel Cappa y Roberto Molina. 
*
Universitario de Lima: Una experiencia fantástica

“Nunca nada importa tanto como tomar partido a favor de un sueño”
ARIEL SHER

Era el último partido del torneo Apertura 2002 en Perú. Universitario, que yo dirigía, y Alianza Lima empatábamos en el primer puesto. Nosotros jugábamos contra Melgar de Arequipa y ganábamos 4 a 2 en tiempo de descuento. En Sullana, en tanto, Alianza Lima enfrentaba a Alianza Atlético de esa ciudad y yo no sabía cómo iban, aunque sospechaba que la cosa nos era favorable porque estaba rodeado a fotógrafos, cámaras y micrófonos. Si Alianza no ganaba, éramos campeones.

De pronto vea a Fatiga Russo que viene hacía mí, con los ojos empapados y los brazos abiertos.

- Terminó allá, Ángel, somos campeones –me dice.

Nos abrazamos emocionados y en un segundo había como 50 personas gritando alrededor nuestro la euforia del título. Inclusive entraron a la cancha, levantaron en andas a los jugadores y obligaron al árbitro a terminar el partido.

Yo no quise que nadie me viera aflojando y me fui al vestuario. Allí estaba solo, sentado con la mirada perdida y recordando todo lo que habíamos pasado en esos seis meses infinitos, cuando veo entrar a Chemo del Solar, demasiado serio y sereno, teniendo en cuenta la circunstancia. 

- ¿Qué pasa? –le pregunté sorprendido. 
- Ganó Alianza –dijo–. Tenemos que jugar finales.

Alguien que estaba escuchando el partido de Alianza Lima por radio creyó oír que había terminado empatado y desató la falsa alegría que nadie pudo controlar por varios minutos. Pero resulta que no, que en el último minuto del descuento en Sullana hubo un penal para Alianza Lima, que convirtió, de modo que terminamos igualados. Habría finales y parecíamos estúpidos cantando, emocionados sin motivo, sintiéndonos campeones antes de tiempo.

Inclusive un miembro del cuerpo técnico de Alianza se lo dijo con sorna a un periodista:

- ¿Cómo van a ser campeones estos tipos si dieron la vuelta antes de tiempo? Ni la radio saben escuchar.

El mazazo fue terrible. Otro golpe anímico brutal para un grupo que había soportado situaciones increíbles para llegar al último partido compartiendo la punta. 

Ibáñez, Cappa y Maldonado. Vuelta en (U)

Toda esta historia empezó en Madrid. De la mano de Chemo del Solar, el presidente de Universitario, doctor Javier Aspauza, había viajado para contratar a un técnico capaz de encabezar un proyecto que debía terminar devolviéndole al club el prestigio internacional que alguna vez tuvo.

Hablaron con Juan Manuel Lillo, entrenador español que había sido de Chemo en el Salamanca, representante del buen fútbol, pero no estaba dispuesto a la aventura. No conocía el medio sudamericano y prefirió seguir esperando una ocasión en Europa.

Entonces apareció mi nombre y Chemo se comunicó conmigo para establecer una cita con el presidente.

Nos juntamos para comer y hablar de fútbol y del proyecto. Coincidimos en todo. Lo que había que hacer y hasta en los detalles. 

- Una cosa quiero dejar clara, presidente –dije yo casi como una premonición–. Es imposible llevar a cabo este proyecto si no hay un respaldo económico adecuado. Estoy cansado de estar en equipos –especialmente en Argentina– donde todo se viene abajo por la falta del dinero indispensable.

Y expuse mi teoría de que nunca un equipo puede sostener a una institución sino que la cosa es, o debe ser, al revés, para no depender dramáticamente de los resultados inmediatos.

- Quédese tranquilo –me respondió el doctor Aspauza–, yo pienso como usted.

En la primera reunión que tuve con los jugadores, ya en Lima después de las presentaciones y de que yo expusiera el plan de trabajo para la pretemporada, choqué violentamente contra la realidad. 

- Perdone, Ángel, pero nosotros no vamos a ir a ninguna concentración en pretemporada hasta que no nos paguen lo que nos deben –me aclararon los jugadores. 

Ese fue el comienzo de un problema que nunca encontraría solución. En ese momento yo temí la repetición de una historia conocida, pero nunca supuse su fantástico final. 

Reseñar las peripecias que tuvo que pasar el plantel por ese motivo sería interminable. Baste con decir que no hubo dos días seguidos de entrenamiento normales. Reuniones de todo tipo, conflictos permanentes, promesas que nunca se pudieron cumplir, en fin, lo habitual en situaciones como esta que suelen termina con la ilusión de cualquiera.

Inclusive les dije a los periodistas que ese era el camino más directo al fracaso que yo conocía.

Al principio los resultados disimularon en parte el fondo de la cuestión, hasta que tuvimos tres derrotas consecutivas en los tres últimos partidos de la primera vuelta y nos pusimos bastante lejos de los primeros.

Cuando todo estaba a punto de desmoronarse definitivamente, me pareció oportuna una reunión con todo el plantel para tomar una decisión impostergable: seguimos exigiendo lo que nos debían, que ya era mucho y perturbaba indudablemente nuestra dedicación al fútbol, o nos olvidábamos del tema, arreglándonos como pudiéramos, y nos comprometíamos a pelear hasta el final, dentro de la cancha.

Las dos cosas eran incompatibles, como habíamos podido comprobar, porque reclamar permanentemente ante los dirigentes para recibir las mismas respuestas siempre, desgasta demasiado y genera un malestar que altera el estado anímico ideal para jugar al fútbol. 

Decidimos, todos juntos, luchar por el campeonato. Todavía había tiempo. No obstante, seguiríamos reclamando, pero aceptando en la intimidad que no habría una solución inmediata. 

Fue en ese momento cuando el grupo selló definitivamente su gran cohesión interna. 

El Puma Carranza en la segunda final.

Inclusive las críticas que aparecen siempre en las derrotas, y que afectaron principalmente a los jugadores más veteranos, reforzaron aún más la unión y el ánimo del plantel.

Ganamos los tres siguientes partidos y nos pusimos a tres puntos de Alianza, que iba primero, en vísperas del clásico, precisamente. Era la primera gran oportunidad que teníamos para volver a la punta, pero perdimos jugando el peor partido del campeonato. El golpe fue doble. La derrota, por un lado, y la muy mala actuación, por otro. Y nuevamente a seis puntos, faltando solo siete partidos.

Había que ganar todos los partidos que faltaban. No podíamos ni empatar si queríamos mantener opciones al título. Poco después ocurrió lo que, am mi modo de ver, fue el hecho más importante para nuestras aspiraciones. El Nuno Molina envió un telegrama intimando a la entidad a que le pagara la deuda que tenía con él o dejaba de jugar, rescindiendo el contrato de acuerdo con una cláusula que lo advertía. Les daba 48 horas. Sucedió un viernes y el domingo siguiente jugábamos contra Coopsol en Trujillo. El presidente estaba de viaje y ejercía esas funciones el vicepresidente, doctor Luis Galindo, quien esa noche me llamó por teléfono para comunicarme que Molina quedaba desafectado del club en razón del telegrama recibido.

- No te apresures, por favor. Déjame hablar con el Nuno –le pedí.
- Haga usted lo que quiera, pero la decisión ya está tomada –me contestó con tono autoritario, abandonando el tuteo que hasta ese momento manteníamos.

Hablé con el Nuno para saber si cumpliría su amenaza de no jugar en caso de que no le pagaran. Me dijo que no, que solo lo había hecho para presionarlos, pero que él no tenía intención de abandonar el grupo.

A la mañana siguiente, último entrenamiento antes de viajar, Galindo y otros tres dirigentes me llaman a una reunión en una de las oficinas del estadio, junto al Nuno, para comunicarme la resolución de la directiva. Molina les aclara que no pensaba cumplir la intimidación, que solo quería cobrar lo que le debían, pero que iba a jugar hasta el final del torneo de todos modos.

Los dirigentes permanecían firmes en su postura. En medio de la conversación, inesperadamente, aparecieron todos los jugadores y entraron a la reunión, vestidos para entrenar. Les pidieron, les rogaron a los dirigentes que no tomaran esa medida, que los dejaran jugar el partido en paz porque era muy importante para el futuro del equipo, que postergaran la sanción hasta el lunes, esperando la llegada del presidente.

No hubo nada que hacer y el Nuno fue separado del plantel. Pasamos toda la mañana discutiendo, no pudimos entrenar y viajamos a Trujillo en las peores condiciones anímicas. Molina también viajó por su cuenta para acompañar al grupo.

El partido se tomó como un desafío. A esa altura eran demasiados los inconvenientes que había que superar, internos y externos, ya que ocurrían cosas muy difíciles de entender y se sucedían como para no creer fácilmente que fueran obra de la casualidad. Por ejemplo, que en nueve partidos nos expulsaran a un jugador antes de la media hora, o que un árbitro que se cayó al tropezar ligeramente con Chemo del Solar lo echara de la cancha enérgicamente, y después, aunque un video demostrara claramente lo fortuito del choque, le dieran a Chemo un partido de suspensión.

Lo cierto es que ese día ganamos en Trujillo 3 a 0 y cada gol se festejó como un título del mundo. Fue una especie de rebeldía ante todas las injusticias que estábamos aguantando.

Volvimos a Lima más fuertes que nunca. Si no reincorporaban a Molina, habría varias renuncias. Inclusive la mía. El presidente anuló la decisión de la directiva, el Nuno Molina se reintegró y el siguiente partido lo ganamos 1 a 0 con gol suyo, de locales en el Monumental.

Hubo otros hechos que demostraron el alto grado de compromiso colectivo de este plantel. El más significativo fue cuando un domingo, Día de la Madre, después de un triunfo el día anterior, yo programé un entrenamiento porque debíamos jugar el miércoles siguiente. Era voluntario para los que habían jugado más de 45 minutos y asistieron todos, no faltó ninguno, y para entonces ya nos debían más de tres meses.

Otro día regresábamos de Huancayo, donde habíamos jugado a más de 3000 metros de altura ganándole al equipo local y dando un paso decisivo para, al menos, disputar las finales.

Le pregunto a Chemo que viajaba en el avión cerca de mí.
- ¿Sabe lo que en realidad me gustaría, Chemo?
- Lo mismo que a mí, seguramente –me respondió–: llegar a una final con Alianza y ganarles ahí, en la precisa.

Ese era el sentir –además– de todo el plantel, porque con Alianza habíamos perdido los dos clásicos y no queríamos ser campeones con esa deuda pendiente.

Y así fue, salimos campeones después de vencer a Alianza Lima en dos partidos definitorios.

El momento esperado.

Pero nunca la alegría de un título debe de haber durado tan poco. Al día siguiente ya sentíamos una pena enorme, porque sabíamos que ese grupo se rompería por cuestiones económicas. Habíamos llegado al límite del esfuerzo y así no se podía continuar. Estábamos satisfechos, de todos modos. La lucha nos había salvado el orgullo y la dignidad, que no es poco en los tiempos que a uno le toca vivir. Habíamos cumplido el compromiso que asumimos colectivamente sobreponiéndonos a todos los inconvenientes, que fueron muchos y en algunos casos muy difíciles. En todo momento nos mantuvimos juntos. Nunca nadie se sintió más que todos y cada uno aceptó el papel que le tocó: los que fueron titulares, los que sabían que eran sustitutos e inclusive los que no jugaron ni un minuto.

Todos con la misma alegría y predisposición. Por eso el título fue un premio para todos y cada uno de los integrantes del plantel.

En una sociedad que nos presenta la solución individual como la única posible, este grupo de jugadores había dado muestras asombrosas de lo que aún significa la fuerza comunitaria.

Para el periodista argentino Ariel Scher, que escribió sobre el tema, fue “una lección de vida… un regalo del fútbol en medio de todo lo que la realidad quita”.

A mí me quedó una profunda satisfacción, muy parecida a la felicidad, por haber participado en esta historia tan complicada, tan edificante y hermosa que me anima a juzgar fantástica. Fuimos campeones contra todo y contra todos.



*
Tomado de:
Cappa, Ángel (2004). ¿Y el fútbol dónde está? Lima: Ediciones PEISA.

Portada del libro de Cappa.
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23 de diciembre de 2017

Ángel Cappa escribe sobre el peso de la camiseta de Universitario

Los siguientes párrafos corresponden al libro ¿Y el fútbol, dónde está?, de Ángel Cappa (Argentina, 1946), extécnico de fútbol y docente. Cappa, durante el 2002, fue entrenador de Universitario de Deportes, equipo con el que fue campeón del torneo Apertura de ese año. Sobre esa experiencia escribió en el citado libro, del que se copian las primeras líneas del texto que tituló “El fútbol peruano goza de buena salud”. 

Celebración del torneo Apertura 2002.

*
El fútbol peruano goza de buena salud

En el primer partido que dirigí a la U en el Apertura del 2002, descubrí dos cosas: el peso enorme de la camiseta crema y la buena salud del fútbol peruano.

Perdíamos 1 a 0 con el Áurich, de visitantes, y empatamos en el minuto 45 del segundo tiempo, de penal. Entonces yo llamé a uno de mis jugadores y le dije que se mantuvieran serenos y ordenados para no regalar nada, ya que el tiempo prácticamente se había acabado y el empate no estaba nada mal dadas las circunstancias. Me miró y no me dijo nada, pero no sé por qué intuí que no me iban a hacer caso.

Efectivamente, cuando la pelota se puso nuevamente en movimiento, se les fueron encima a los rivales, los acorralaron y en el último instante del tiempo añadido Chemo del Solar, de cabeza, me enseñó que esa camiseta es diferente. 

*

Tomado de:
Cappa, Ángel (2004). ¿Y el fútbol, dónde está? Lima: Ediciones PEISA.

Portada del citado libro.
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16 de diciembre de 2010

Once guerras ha tenido el Perú, por Manuel Scorza

Un relato de la cronivela Redoble por Rancas (1970) de Manuel Scorza Torres [Lima 1928 - Barajas (España) 1983]: peruano de imprescindible lectura.
  1. La guerra de 1827 con Bolivia la ganamos. El paseo por el Titicaca lo pagaron los perdedores.
  2. La guerra de 1828 con la Gran Colombia la perdimos: un general que llegó a Presidente traicionó a otro general.
  3. La guerra de 1838, de nuevo con Bolivia, la perdimos.
  4. La guerra de 1837 contra los chilenos la ganamos, pero el Perú permitió al cercado ejército chileno retirarse íntegro, entre marchas triunfales.
  5. La guerra de 1839, de nuevo con Chile, la perdimos: claro que entre los vencedores formaban dos futuros presidentes del Perú, Castilla y Vivanco.
  6. La guerra de 1841, de nuevo con Bolivia, la volvimos a perder: alguien le disparó por la espalda al Presidente Gamarra en plena batalla de Ingaín.
  7. La guerra de 1859 la ganamos sin disparar un tiro. Ecuador pagó el pato: se acordó que el perdedor pagara el paseo por Guayaquil, pero inexplicablemente el Perú proporcionó dinero, vituallas y equipo.
  8. La guerra de 1879, iluminada por la solitaria antorcha del "Huáscar", la perdimos.
  9. La guerra de 1930, con Colombia, la perdimos. Presentimientos amargos trotaban con la lengua fuera. Pero entre 1900 y 1911 en el Putumayo se entregaron 4 000 toneladas de caucho a costa de 30 000 huitotos. Buen precio entre siete vidas por tonelada.
  10. La guerra de 1941 con Ecuador la ganamos: tres paracaidistas tomaron Puerto Bolívar. 
Ocho guerras perdidas con el extranjero; pero, en cambio, cuántas guerras ganadas contra los propios peruanos. La no declarada guerra contra el indio Atusparia la ganamos: mil muertos. No figuran en los textos. Constan, en cambio, los sesenta muertos del conflicto de 1866 con España. El 3° de Infantería ganó solito, en 1924, la guerra contra los indios de Huancané: cuatro mil muertos. Esos esqueletos fundaron la riqueza de Huancané: la isla de Taquile y la isla del Sol se sumergieron medio metro bajo el peso de los cadáveres...

En 1932, el Año de la Barbarie, cinco oficiales fueron masacrados en Trujillo: mil fusilados pagaron la cuenta. Los combates del sexenio de Manuel Prado también los ganamos: 1956, combate de Yanacoto, tres muertos; 1957, combates de Chin-Chin y Toquepala, doce muertos; 1958, combates de Chepén, Atacocha y Cuzco, nueve muertos; 1959, combates de Casagrande, Calipuy y Chimbote, siete muertos. Y en los pocos meses de 1960, combates de Paramonga, Pillao y Tingo María, dieciséis muertos.

Las líneas superiores pertenecen a Redoble por Rancas de Manuel Scorza.

Obra que no solo destaca por su literatura social y activismo ideológico, también porque maneja con genialidad y precisión el discurso irónico. La claridad de subvertir las oraciones y manejar los dobles sentidos en frases como: "En el Perú existen dos clases de problemas, los que se solucionan solos y los que no se solucionan nunca" (una crítica soterrada y terrible a la participación del Estado en la solución de los problemas). Cruel.

No con menor maestría trabaja el discurso onírico (los significados y los significantes). Elementos como la coca, el maíz, la lechuza o los sueños son aspectos que solo entendiendo en su contexto dan la posibilidad de comprender a cabalidad el mensaje de la obra.
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2 de diciembre de 2010

'Serenata', por Jorge Eduardo Eielson

Poema de Jorge Eduardo Eielson.

   El dulce Caco clama entre sus joyas, sus amores y sus
heces.
   Quieto animal de hastío: cubridlo de rocío.
   Mansa mujer que atravesáis su cuerpo dormido:
   Tended vuestro armiño, vuestro cabello, apaciguad
su sangre.
   Dormido así, su vida es sólo baba y olvido,
   Y viento que abriga y perdona, económico y dulce,
   Y un saxofón perdido, como una ola de oro,
   Salpica su corazón sin despertarlo. Deber tuyo es,
   Mujer vestida de iguana, arrodillarte y decirle:
   Bendito seas, amor mío, por luminoso e imbécil,
   Por desordenado y triste, porque te comes las uñas
   Y los piojos y los lirios de tu santa axila,
   Y amaneces como un loco sentado en una copa.
   Bendito seas, amor mío, que nunca has llorado,
   Bello rostro agusanado y borrado antes del beso,
   Después del poema, el canto y la pura blasfemia.
   Bendito seas, amor mío, por tener huesos y sangre,
   Y una cabeza pálida y soberbia, partida por el rayo.
   Y por no estar jamás ni en triunfo ni en derrota,
   Sino amarrado como un tigre a mis cabellos y mis
uñas.
   Bendito seas por gruñón, por delicado y estúpido,
   Por no tener infierno ni cielo conocido, ni muerte
   Ni vida, ni hambre ni comida, ni salud ni lepra;
   Medusa de tristes orgías, de penas jubilosas,
   De torpes esmeraldas en la frente, y bosques
   De cabellos devorados por el viento.
   Vacío de sesos, de corazón, de intestinos y de sexo,
   Bendito seas, amor mío, por todo eso y por nada,
   Por miserable y divino, por vivir entre las rosas
   Y atisbar por el ojo de la cerradura cuando alguien se
desnuda.
   Viva sombra destructora de mejillas y de espejos,
   Ladrón de uvas, rapazuelo, dios de los naipes y la ropa
sucia.
   Dulce Caco de celestes dedos y cuernos de hierro,
   Señor del vino que me matas con dagas de heliotropo.
   Bendito seas, labios de gusano, cascada de avena,
   Por poderoso e idiota, por no tener hijos ni padres,
   Ni barbas ni seños, ni pies ni cabeza, ni hocico ni
corola,
   Sino un ramo triste de botones sobre el pecho.
   Bendito seas, amor mío por todo esto y por nada,
   Bendito seas, amor, yo me arrodillo, bendito seas.

(Cumplo con el deber moral e intelectual de publicar uno de los numerosos y grandiosos poemas de Jorge Eduardo Eielson, gran poeta quien destaca, entre otras virtudes, por su amor a la novedad y su extraordinaria versatilidad).
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1 de noviembre de 2010

Día de los Muertos en Cerro de Pasco, por Manuel Scorza


El primero de noviembre, día de los muertos, es una fiesta grande en Cerro de Pasco. Desde todos los rincones del Perú, desde las polvorientas ciudades de la costa, desde los caniculares pueblos de la selva, desde la campiña de Huancayo, los pasqueños suben a visitar a sus deudos. Es la única semana durante la cual es difícil conseguir alojamiento. En Cerro de Pasco no crecen flores; precisamente por eso, los deudos se empecinan en ofrendar a sus difuntos el insólito lujo de las coronas. Cartuchos, rosas, geranios, azucenas y varitas de San José llegan por camionadas desde las tierras calientes. El primero de noviembre una multitud invade el cementerio. Durante una mañana, el camposanto recupera su antigua grandeza, la del tiempo en que Cerro se jactaba de 12 viceconsulados. La multitud reza y solloza ante las tumbas; al mediodía sale a consolarse en las picanterías desparramadas en un kilómetro. Se come, se bebe y se baila a la salud de los inolvidables hasta el anochecer. Encantado por la varita mágica del recuerdo el cementerio se transforma, por un día, en una ciudad. Los trescientos sesenta y cuatro días restantes lo visita su único huésped: el viento.
                              


Manuel Scorza finaliza el anterior párrafo, de su cronivela (crónica-novela) Redoble por Rancas, con una dolorosa verdad: el viento, es decir el olvido, terminan por ser la eterna compañía a la muerte.

La sola idea de morir nos es insoportable. La olvidamos rápido y por ello evitamos visitar a familiares o conocidos en cementerios. No por ingratitud u olvido, por tranquilidad y temor. Tranquilidad para no recordar una sola cosa: somos mortales.

La muerte siempre nos rodea. Nos sorprende, espanta e, inevitablemente, vence. En la vida, aunque suene paradójico, lo único seguro es el final. La muerte ajena nos aterra y devuelve a la realidad del desenlace propio.

Manuel Scorza

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24 de septiembre de 2010

'Qué tiene que ver Vivaldi? - Tiene!' por César Hildebrandt

Artículo escrito por César Hildebrandt para la revista Variedades, el cuarto domingo de agosto de 1974, páginas 24-25.

TEXTO:

A usted le gusta Vivaldi. Toma entonces "Las Cuatro Estaciones" -porque a pesar del mohín desdeñoso que Vivaldi suscita en algún probable amigo melómano, usted sigue firme con "Las Cuatro..."-, coloca el disco en el más que probable stéreo, y escucha: cavidades y cielos, dominios del albatros, extensiones galopadas por una mariposa, y después, cuando llega el invierno, todo se resuelve en un fragor de invisibles batallas, todo remite a lo innombrado, todo es pánico y milagro, acabose y florecimiento.

Usted entonces puede pensar dos cosas. Primero, que su amigo melómano es un imbécil. Lo segundo es una pregunta: ¿por qué ese oscuro veneciano, profesor de violín del seminario musical del Hospital de la Piedad, ese cura asmático y semiparalítico, pudo convertir al infortunio en confesión universal, la soledad en ejemplo? Y a partir de ahí usted puede plantearse otras preguntas: ¿Por qué, casi tres siglos después, lo creado por Vivaldi nos sigue emocionando o perturbando?; ¿por qué lo que el Papa Inocencio XIII llamó admirable sigue siendo para nosotros, tercermundistas un tanto desfasados, fuente de deslumbramiento? Y también: ¿cómo es que soplando tubos perforados y rasgando ciertas hilachas se expresan desgarramientos o se fundan epopeyas, se logra presentir un mundo más allá de nuestras miserias o banalidades?

Neruda
Otro día, usted tal vez coja un libro de Neruda. Supongamos que sea el de sus Odas Elementales. Y supongamos también que usted se detenga en la Oda a la Cebolla: morosa oración panteísta, letanía fraganciosa de tierra, himno al más humilde estallido de los surcos, la cebolla de Neruda existirá, lo hará llorar -y de pronto cuidado con el mal aliento. Presumiendo que usted sigue en plan de difícil, podrían surgir algunas otras simples preguntas: ¿cómo es que se puede construir un mundo de palabras?; ¿por qué una determinada forma de adjetivar o de adverbiar nos empuja a una realidad que logró la más misteriosa autonomía? Y asimismo: ¿por qué ese gordo obispal y mujeriego, ese chileno comunista con cara de tortuga, pudo levantar un jardín en el que pacen vacas y los niños se revuelcan? Para decirlo espectacularmente: ¿qué insobornable secreto media entre la cebolla del lomo saltado y la cebolla de Neruda?

Admitamos, por último, que usted en uno de esos afortunados viajecitos, se halle en El Museo del Prado. Supongamos que pase delante de "La Virgen y el Niño" en versión del "Divino" Morales (pintor español del siglo XVI). El cuadro, que a primera vista no transgrede el realismo de la época, tiene, no obstante, una extraña fascinación. Seguro de que hay allí gato encerrado, usted se pondrá frente a él, se acercará y al fin percibirá el escándalo: el Niño ha metido una manita en el corpiño de la Virgen y ostensiblemente la tiene puesta sobre un seno. Pero eso no es lo importante. Si usted observa con detenimiento el rostro del Niño, verá, asomadas en sus ojos, las legiones de la libido, el atávico clamor de lo oscuro, nuestros más huraños fantasmas. Y usted también podrá preguntarse si eso es casualidad o descomunal premonición, si hay un hilo invisible capaz de unir al increíblemente impío pintor de temas religiosos del siglo XVI, y al descubridor del inconsciente, del siglo XX.

Misterio, misterio. El Gran Bonetón.

Tocado por el absurdo, el hombre es básicamente un salto al vacío. Cazador furtivo consciente de que todo lo que haga será en el fondo un inútil intento por posponer la muerte, el ser humano halla en el arte la más cabal expresión de ese desafío. No hay nada que se oponga con más derecho al vitriolo del tiempo que una obra de arte, nada que luche más desesperadamante contra el minucioso comején del olvido.

Hay un abismo de espanto entre el arte -por lo menos al arte "no indignado"- y la vida. Entre Vivaldi y los siervos florentinos, entre la Oda a la Cebolla y los pobladores de las ciudades callampas de Santiago, entre lo que pintó el "Divino" Morales y lo que pasa en las chabolas de España, hay todo un insidioso desencuentro. La perfecta armonía contra el desorden que nos violenta, el principio del placer y el de la realidad.

A ese punto queríamos llegar. No se trata de proponer una correspondencia inverosímil. Como postulación de la más grande utopía -el orden y la eternidad-, al arte será siempre el parto de los montes y el mundo por él creado no sólo la respuesta insurreccional de un individuo ante la realidad, sino también un exceso, una ruptura del promedio, un desatino de la especie.

Pero, Dios mío, una cosa es que el arte y la realidad sean dos niveles o dos categorías de la existencia, y otra es que el arte y la realidad se den siempre de patadas.

Suponga usted que en pleno concierto de Vivaldi empieza a pensar en el lustrabotas del otro día, en la Plaza San Martín: ¿qué edad tendrá: ocho, nueve, diez años? Tiene una uña morada, debe haberse chancado con la puerta de un carro, ¿vas al colegio?, iba, secamente, ya no, y cómo le suena el pecho, debe tener bronquitis o algo por el estilo, "renacuajo" le grita uno más grande y él se voltea y dice chetumadre, "renacuajo" le vuelve a gritar, pero él ya no hace caso, sigue dándole al trapo, agitándose porque el pecho es un temible crujir de papeles y el invierno de Lima está bravo y usted piensa darle algo, no sé, 100 soles tal vez, pero al final todo en tan difícil, usted piensa que sería inauténtico ponerse tal cataplasma en la conciencia -¿piensa eso o piensa en los 100 soles, cuatro cajetillas de Kent, un almuerzo el Ambiance?, y como usted es severo consigo mismo, y además es verdad, admite que efectivamente los 100 soles también pesan, y entonces sólo ¿cuánto es?, cuatro soles, usted le pasa cinco y no espera el vuelto, y ahora sí, filántropo de a sol, usted, yo , señoras y señores, es, soy, somos una, dos, innumerables mierdas.

¿Para qué tanto Vivaldi y tanto Neruda y tanto Morales si afuera uno tropieza a cada paso con el horror? En esta esquina el Concierto para Cuerdas y Fragto opus 51 y en la otra el Pecho-congestionado-en-pleno-invierno-y-apenas-con-una-camiseta-de-buzo-de-por-medio. Antes de empezar el programa quiero recordarles, amables espectadores que nos honran con su presencia, que la pelea de semifondo será entre Cebolla, luminosa redoma, escamas de cristal te acrecentaron y el Caldito-con-papasycabello-de-ángel-antes-de-salir-lustras-zapatos; y que el combate estelar, el que todos ustedes esperan, pondrá en una esquina a "La Virgen y el Niño" y en la otra el popular Niño-lustrabotas-que-no-va-al-colegio-, como ustedes saben cariñosamente llamado "Renacuajo".

Por supuesto que preguntarse para qué Vivaldi es pura demagogia.

No se trata de eso. Vivaldi propone una simetría, amplía el universo. Debe ser declarado absolutamente imprescindible. Para la salud, Vivaldi; para la enfermedad, Vivaldi; para el sueño, Vivaldi; para administrar una empresa, Vivaldi; para correr 100 metros planos, Vivaldi; para hacer el amor -especialidad de la casa-, Vivaldi. Lo mismo Neruda o Morales. No se trata de mala conciencia de pequeñoburgués -es decir no se trata sólo de eso- insuficientemente alcantarillada.

Declaramos de necesidad y utilidad pública oír a Vivaldi, leer a Neruda o ver a Morales. Cúmplase y archívese.

Se trata de decir muy claramente que no puede seguir existiendo tanta distancia entre Vivaldi y la realidad real.

Esa enemistad aciaga y violenta no sólo conduce a la mala conciencia sino, tarde o temprano, a la revolución.

Quien ame a Vivaldi y se instale provisoriamente en su mundo, no podrá admitir que detrás de la ventana aceche el mal. Tal vez seamos incluidos en algún Index importante por lo que vamos a decir, pero estamos convencidos que del respeto y el amor por la belleza, que del contacto con el arte y con la sabiduría (no malinterpreten demasiado, por favor) nace la más limpia vocación revolucionaria, la rebeldía más linfática.

Amar a Vivaldi, amar el mar, amar el bullicio de las aves o cierto verso de Pound, es adherirse a la vida y, definitivamente, enfrentarse al mal. Y el mal absoluto es la injusticia.

La revolución habrá de ser el colosal intento por acercar esos dos niveles, el arte y la vida, por reconciliarlos para siempre. Y de esa intersección todavía impensable deberá nacer un nuevo hombre. Y el arte dejará de ser la hazaña de la raza contradicha por el niño sin leche y los obreros explotados.

Mientras tanto, mientras esa reunión cumbre se produzca, vivaldianos, seamos consecuentes. (C.H.)
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17 de agosto de 2010

La orgía (extracto del libro 'Afrodita' de Isabel Allende)


Los siguientes párrafos corresponden al libro Afrodita de Isabel Allende, novelista y periodista chilena. Obra curiosa y llamativa que relaciona el erotismo y la gastronomía. En estas líneas, la autora describe históricamente, con el sentido del texto, sobre el placer y la religión:

(...)

En un libro sobre el Imperio romano averigüé que la idea es tan antigua como la humanidad. Con diferentes pretextos, desde fechas religiosas hasta victorias guerreras, las parrandas privadas y las bacanales públicas servían de válvula de escape a las tensiones cotidianas y los pesares del corazón. No existía entonces el problema de la sobrepoblación, por el contrario, se trataba de traer cantidades de niños al mundo; la fertilidad era celebrada por todas las civilizaciones antiguas en festividades orgiásticas. Por una cuantas horas o días, las reglas y leyes pasaban al olvido y el populacho se volcaba a la calle en alegre mezcolanza de mujeres y hombres, nobles y plebeyos, virtuosos y pecadores. De allí provienen nuestros desteñidos carnavales modernos, que con muy pocas excepciones son tristes simulacros de las bacanales de la antigüedad, cuando el desenfreno se apoderaba de las almas y había permiso para embriagarse y fornicar sin medida.

Fiesta dionisíaca
Antes del triunfo del cristianismo en Europa no existía el concepto de compasión o de amor al prójimo, a nadie se le habría ocurrido tampoco que le sufrimiento físico fuera provechoso para el alma. La idea de negar el placer con el propósito de desarrollar un estado superior de conciencia ya se había formulado, pero no tenía gran aceptación popular. La filosofía espartana basada en la severidad y la disciplina sólo tuvo adeptos entre guerreros. Epicúreo representaba mejor la tendencia de su tiempo: la tierra y lo que contiene fueron creados por los dioses para el uso y goce de los hombres. En las culturas griega y romana el placer era un fin en sí mismo, en ningún caso un vicio que luego fuera necesario expiar. Las clases altas vivían en el ocio, ajenas por completo al sentido de culpa, puesto que el trabajo no era virtud sino fatalidad, indiferentes a la suerte de los menos afortunados y rodeados de esclavos a los cuales podían atormentar a su antojo...

Al final, exhaustos y a menudo enfermos, los invitados regresaban a sus casas a purgarse, sin sospechar que en las cocinas, en los patios, en las calles, en todas partes los esclavos propagaban en susurros una extraña fe que habría de acabar con el mundo tal como ellos lo concebían. Esa nueva religión se basaba en amor a otros seres, sobre todo a los más pobres y desdichados, simplicidad en las costumbres y negación de todo aspecto placentero de la existencia; los sentidos y los apetitos eran trampas satánicas que conducían las almas al infierno y por lo tanto debían ser dominados con determinación férrea. Imagino la sorpresa burlona de los ricos romanos cuando oyeron las primeras prédicas de los nuevos fanáticos... Jamás supusieron su repercusión y siguieron riéndose mientras el cristianismo se propagaba entre los pobres como un incendio incontenible, que finalmente los arrasó. Habrían de pasar varios siglos de oscurantismo antes de que se asentaran las cenizas, se disolviera la humareda y Europa recuperara el respeto por los sentidos y el gusto por el despilfarro.

Príapo, dios de la fertilidad
Durante la Edad Media el arte, el lujo y la belleza se convirtieron en motivos de sospecha; el deleite pasó a ser fuente de culpa y el propio cuerpo se transformó en enemigo del alma que albergaba. Sufrir en esta vida era la forma más certera de alcanzare eterno regocijo en la próxima. Grandes santos del cristianismo tuvieron como único mérito atormentar sus cuerpos hasta lo inconcebible... Los creyentes, pasmados, se inclinaban ante este espectáculo que supuestamente complacía a Dios. Hubo excepciones, claro está, siempre las hay entre ricos y los sabios: algunos nobles y prelados de la Iglesia que nunca abdicaron de la buena mesa y las mujeres hermosas; también viajeros que descubrieron las maravillas del Oriente en las Cruzadas y regresaron con el gusto por las especias exóticas, los perfumes, las ciencias y las artes olvidadas desde los tiempos del Imperio romano, pero esos refinamientos quedaron relegados a unos cuantos sibaritas de las clases dominantes. La gran masa humana vivía en la miseria, la ignorancia y el miedo. El hedonismo de los griegos y romanos, quienes consideraban el placer como el fin supremo de la existencia, fue remplazado por la sombría creencia de que el mundo es un lugar de expiación, un valle de lágrimas donde las almas hacen mérito y sufren martirio para ganar un paraíso hipotético. Los antiguos festivales relacionados con la vendimia, la fertilidad, las estaciones o los dioses, pasaron a ser simples comilonas en temporadas de buenas cosechas y las orgías fueron exabruptos brutales de la soldadesca victoriosa a la hora del saqueo. Durante mil años el cristianismo destruyó sistemáticamente a los dioses anteriores, borrando sus huellas con métodos bárbaros, enterrándolos en los sombríos rescoldos de la memoria, transformándolos en demonios y quemando en la hoguera, acusados de herejes y brujas, a quienes tuvieran la mala suerte de recordarlos. Cuando la Iglesia no pudo suprimir del todo las festividades paganas, las asimiló a su propia liturgia. Así es, por ejemplo, cómo los panes fálicos y en forma de genitales femeninos que se usaban en las festividades orgiásticas, tomaron aspecto redondo con una cruz encima y pasaron a llamarse bollos de Corpus Cristi. Pero a veces la deidad destronada no se dejaba avasallar: durante el Carnaval en Trani, Italia, se paseaba por la ciudad una estatua de Príapo y su enorme falo de madera era venerado como Il Santo Membro. Mientras más represión soporta el ser humano, más ideas rebeldes emergen en su imaginación supliciada. Hubo una secta cristiana eslávica, los Khlysti, que celebraban ceremonias orgiásticas donde hombres y mujeres copulaban en representación de la unión divina de Jesús y María, en medio de una borrachera general con cánticos, danzas y flagelaciones. Estos ritos ocurrían después de meses de abstinencia, castidad y ayuno, durante los cuales las parejas casadas dormían en la misma cama sin tocarse.

Las orgías han existido siempre, gracias a Dios, incluso en tiempos de la Inquisición o de los puritanos, cuando todo el mundo andaba vestido de negro y las paredes se decoraban con lúgubres cruces, pero han sido más brillantes y divertidas en las épocas de la historia en que el placer se cultivó como un arte.

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