17 de enero de 2022

La historia del agua para consumo humano en el Perú

El 2021, el Perú conmemoró sus 200 años como República. Sin embargo, la historia del uso del agua para consumo humano se remonta desde la aparición y el desarrollo de las primeras culturas autóctonas hasta la actualidad. ¿Cómo se abastecieron los incas cuando no existían tuberías de agua? ¿Sabías que cuando se inauguró la llegada del agua a la Plaza de Armas de Lima, en 1578, hubo una fiesta popular y el alcalde derramó puñados de monedas desde las ventanas del cabildo? ¿Cuándo se fundó la primera planta de potabilización del agua en Lima?





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Lo primero que hizo el inca Túpac Yupanqui, el Resplandeciente, tras retornar al Cusco, luego de un prolongado viaje, fue visitar su Tambomachay, el templo del Tahuantinsuyo construido para rendir culto al agua. Había estado muchas veces ahí, pero siempre se impresionaba por sus muros y terrazas, levantados con piedras robustas pero labradas con fineza y perfectamente ensambladas, producto del trabajo y conocimientos de los más expertos arquitectos incas.

Además, el agua que llegaba desde los manantiales y circulaba por los acueductos le recordaba el origen de todo lo maravilloso que surgía de la tierra y existía en el Tahuantinsuyo.

Entonces, le pidió a su séquito y generales dejarlo solo. Dio unos pasos, acarició las piedras de los acueductos y sintió su fineza que solo experimentaba al tocar la lana de sus vestidos. Luego se inclinó y colocó su mano en la corriente de agua. Sintió su poder transformador, la bendición de los dioses, la vida en su estado más natural. Siguió con la mirada a la corriente de agua y vio que continuaba por una red de canales subterráneos hacia un pozo de piedra. Ahí, como lo hacía en su niñez, volvió a imaginar cómo surgieron sus antepasados desde el lago Titicaca: el origen de todo.




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Tambomachay está ubicado en el Cusco y es considerado un lugar incaico de culto al agua (1). Los incas (aprox. 1438 – 1535 d. C.), como muchas civilizaciones andinas anteriores a ellos, concebían al agua como un ser vivo, divino, creador y transformador (2).

De hecho, muchas leyendas o mitos andinos y amazónicos tienen relación directa con el agua. No en vano, fue en el lago Titicaca donde Wiracocha creó el mundo y desde donde surgieron los primeros incas.

“El acceso al agua y por ende al riego fue tan importante en el ámbito andino como el acceso a la tierra. Los mitos y leyendas narran episodios sobre el inicio de los canales hidráulicos en un tiempo mágico, cuando los animales hablaban (Avila 1966). Las fuentes o puquio surgieron por rivalidades entre célebres huacas que se retaron para medir sus poderes, y orinaron en varios lugares dando lugar a que brotasen manantiales (AAL, Documentos sobre la idolatría). El mar, los lagos, las fuentes fueron venerados por pacarina o lugares de origen de numerosos grupos étnicos. Las lagunas eran consideradas como manifestaciones del mar y origen del agua en general (Sherbondy 1982)” (p. 301), refiere María Rostworowski (3), una de las principales historiadoras del Perú.

Además, muchos templos religiosos, como el principal de la cultura Chavín (1200 a. C. – 200 a. C.), se levantaron en la confluencia de ríos. Y, aún hoy, se celebran fiestas de culto al agua, como la que se realiza en San Pedro de Casta, un pueblo en la sierra de Lima, que ya se practicaban antes de la expansión de la cultura inca en la zona.

Paul Pérez (4), en un artículo sobre canales y abastecimiento de agua, refiere que: “Desde tiempos antiguos, el agua no solo fue vista como un mero recurso para el regadío de cultivos, sino también como un eje de ordenamiento étnico en los valles (Rostworowski 1978, 51). Así pues, basándose en las crónicas, la autora en referencia ubica a curacazgos y señoríos asentados antes de la llegada de los españoles en el territorio de lo que hoy conocemos como Lima Metropolitana. Por otro lado, se ha encontrado que existe una relación entre las conexiones hidráulicas subterráneas y los antepasados; así, por ejemplo, en el lago de Choclococha, se contaba que un antepasado construyó un canal subterráneo que llevó el agua a los pueblos aledaños (Sherbondy 1982, 10). También se menciona que los Incas, en momentos críticos, reorganizaron sus tierras y aguas a lo largo de su historia. Una de estas reorganizaciones se efectuó con base en la sistematización en los ceques. Por lo tanto, las fuentes de agua llegaron a ser huacas principales y fueron incorporados al sistema de ceques como tal”.

En la actualidad, muchas localidades del Perú continúan aprovechando la ingeniería hidráulica desarrollada por culturas autóctonas como Chavín, Nasca, Mochica, Chimú, entre otras, y que fue perfeccionada y expandida por los incas, tanto para la agricultura como para el consumo humano. Por ejemplo, las qochas o reservorios, que almacenan el agua de lluvia; los canales de riego que conducen esa agua; o los camellones o waru waru, que aprovechan el desborde de los ríos y el aumento de los niveles de los lagos. Igualmente, se continúan practicando técnicas de siembra y cosecha de agua, como las amunas, que constituye una técnica ancestral de recarga del agua y favorece al consumo de agua en algunas ciudades (5).

“El agua es, ciertamente, un elemento que activa la reproducción de los principios comunitarios que rigen la vida social. Las actividades en torno al agua generan vínculos sociales, no sólo a través del trabajo, también en relación con las fiestas y ceremonias; refuerzan la cohesión del grupo social. Muestra de ello son también las labores relacionadas a la limpieza de los canales de riego (…). Al finalizar la tarea, se come, bebe y baila durante toda la noche. El trabajo colectivo (minga) y la ayuda mutua (ayni) garantizan, pues, el mantenimiento y conservación de los sistemas hidráulicos comunitarios”, refiere Mailer Mattié (6), en su artículo “Región andina: los Andes, una cultura del agua”, sobre las relaciones que se establecen entorno al agua, antes y en la actualidad.





“Agua del pozo para regar”, según dibujo de Felipe Huamán Poma de Ayala (1534-1615).




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“Cuando fundó Pizarro la ciudad, tenían los vecinos que ocupar un doméstico para que, en grandes cántaros de barro, trajese del río al hogar el refrigerante e imprescindible líquido”, refiere Ricardo Palma (1833-1919), escritor tradicionista en su texto “Los aguadores de Lima”, que recoge Wilfredo Kapsoli (7), en el que describe a quienes debían trasladar el agua en las primeras ciudades, aún sin tuberías, que iban siendo fundadas por los españoles tras la caída del Tahuantinsuyo.

Lima, actual capital del Perú, fue fundada el 18 de enero de 1535 por Francisco Pizarro y elegida su lugar definitivo de establecimiento por, entre otros motivos, sus buenas condiciones como poseer abundante agua que llegaba por el río Rímac.

“Tan luego como la trata de negros se generalizó, las personas acomodadas quisieron consumir mejor agua que la del cauce del río, y mandaban un esclavo, caballero en un asno, que sustentaba un par de pipas, a proveerse de agua clarísima de la Piedra Lisa y de otras vertientes vecinas a la ciudad”, añade Palma (7) e indica que los aguateros “se anunciaban con el tintineo de una campanilla” que sonaba a cada paso de su asno o mula.

Algunas acuarelas de Pancho Fierro (1809-1879), pintor peruano, nos grafican cómo eran los aguateros, generalmente afrodescendientes y siempre acompañados de sus cántaros de madera y animales de carga que usaban para trasladar el agua hasta las casas de los primeros vecinos de Lima.



Acuarelas de Pancho Fierro sobre los "aguateros"


Según los registros, el consumo del agua tras la caída del Tahuantinsuyo se realizó desde el cauce de los ríos, como el Rímac (o de sus bocatomas) en Lima o el Chili en Arequipa, hasta que se empezaron a construir acueductos y cañerías que llevaban agua desde La Atarjea hacia pilones y pilas establecidos en la Plaza de Armas, en el caso de la capital, y luego en conventos y casa de autoridades.

Lilia Córdova (8), en un artículo titulado “Entre aguateros y camiones: la historia del agua en Lima” (2014), refiere que: “aunque hoy parezca increíble, hasta 1552 los limeños tomaban agua directamente de las orillas del río Rímac. A partir de ese año las autoridades empezaron a buscar otras fuentes de agua limpia, como los manantiales de La Atarjea, donde, en 1563, se construyó el primer acueducto para dotar de agua a la pileta de la Plaza de Armas y algunos conventos. Casi tres décadas después, el agua llegó a dichos lugares”.

Fue el 15 de enero de 1552 que el Ayuntamiento trató por primera vez de iniciar las obras para utilizar el agua limpia de los manantiales de La Atarjea, indica un libro editado por Sedapal (9), la empresa de agua de Lima, y redactado por Manuel Valencia Carpio.

El historiador Juan Luis Orrego (10) cuenta que “fue durante el gobierno del virrey Conde de Nieva que se decidió aprovechar los manantiales o puquios de La Atarjea, lugar pantanoso situado a 6 kilómetros de la Plaza de Armas, al pie de los cerros Santa Rosa y Quiroz. La inversión fue de 20 mil pesos para las excavaciones y tendido de cañerías de arcilla. Los trabajos se iniciaron en 1563, con la construcción del primer acueducto desde La Atarjea a la antigua pila de la Plaza de Armas y las de algunos conventos, como el de San Francisco. La obra se financió con la Contribución de la Sisa (“sisa”: impuesto o estanco). Este sistema de agua tenía una longitud aproximada de 12 kilómetros. Su recorrido se iniciaba en La Atarjea (donde, según dice, iba a bañarse La Perricholi). El sistema recorría la galería Tambo Real, seguía por el antiguo Camino Real, cruzaba Riva-Agüero, continuaba por la Puerta de Maravillas, Anchieta y el jirón Junín hasta dirigirse a la pileta de la Plaza de Armas”.

Orrego (10) agrega que cuando se inauguró la llegada del agua a la pila de la Plaza de Armas de Lima, el domingo 21 de diciembre de 1578, durante el gobierno del virrey Francisco de Toledo, hubo una gran celebración y hasta saludos de arcabucería. “Cuentan los documentos que hubo fiesta popular, presidida por el Virrey, música, baile y corridas de toros en la misma plaza. El alcalde de entonces, Juan de Cadalso Salazar, derramó puñados de monedas de plata desde las ventanas del Cabildo. Los gastos en las celebraciones ascendieron a 100 pesos de plata”.

Manuel Valencia (9) detalla que en La Atarjea se construyó un depósito que recibía en abundancia las aguas del manantial y recibió el nombre de Caja Real. “Era un edificio que encerraba entre paredes los manantiales donde se iniciaba un canal o acueducto de ladrillo y cal, abovedado, que en la ciudad se transformaba en una matriz principal formada por tubos de barro cocido, que terminaba en la pila de la Plaza Mayor”.

Hacia 1613, se tiene registro de 5 pilas públicas en Lima que abastecían a autoridades, iglesias y vecinos notables.

“Entre las instituciones que recibieron agua por primera vez tenemos: el Convento de San Francisco, el Convento de Santo Domingo, el Tribunal de la Santa Inquisición, el Monasterio de la Concepción, la Iglesia de San Pedro, el Convento de San Agustín, el Convento de La Merced, la Plazuela de San Marcelo, la Alcaldía, la Catedral y el actual Palacio de Gobierno. Como dato adicional, se puede mencionar que no existía restricción al consumo y el agua podía mantenerse corriente todo el día, como sucedía en las pilas y piletas públicas (Bromley y Barbagelata 1945, 42). Ahora bien, el frágil material de las cañerías ocasionaba que en muchos lugares se saliera el agua, lo que aumentaba la humedad del suelo y, asimismo, que el agua en las cañerías se contaminara por las acequias de la ciudad que se extendían en sus proximidades (Middendorf, 1974:416)”, señala Pérez (4).

Palma indica, en el artículo de Kapsoli (7), que “después que en 1650 se erigió, con gasto de ochenta mil pesos, la pila monumental, que aún perdura en la Plaza Mayor, se asociaron quince o veinte negros libertos organizando un gremio para proveer de agua a los vecinos, asignando el precio de medio real de plata por cada viaje. Un viaje de agua constaba de dos pipas”.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la fundación de otras ciudades y el aumento poblacional estas infraestructuras y sistemas fueron insuficientes.


La Plaza de Armas de Lima a inicio de 1900, con la pila monumental, que se conserva hasta nuestros días.


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“Durante los primeros años de la república, los limeños siguieron haciendo uso de la primitiva red de distribución de agua, de las pilas y pilones públicos, del servicio de los ‘aguadores’ y de algunos pozos excavados dentro de los límites de la ciudad. Un hecho importante ocurrió en 1834 cuando, a través de un contrato suscrito con el gobierno de Orbegoso, el inglés Thomas Gill reemplazó las antiguas tuberías de arcilla por otras de fierro, en el tramo entre la Caja de Santo Tomás y la pila de la Plaza Mayor. Sin embargo, el empleo de estas tuberías recién se intensificaría en la segunda de este siglo”, indicó Orrego (10).

La proclamación de la Independencia del Perú, el 28 de julio de 1821, y el inicio de la etapa republicana del país significó el inicio de algunas obras que mejoraron y ampliaron el abastecimiento de agua para consumo humano.

Valencia (9) indica que durante el primer gobierno de Ramón Castilla se inició el mejoramiento de los sistemas de agua. “El 4 de abril de 1846 se publicó en el diario oficial El Peruano un aviso invitando a los interesados presentar propuestas para la construcción de tuberías que reemplacen al antiguo conducto colonial que abastecía de agua al puerto del Callao. Las tuberías podían ser de hierro, cal y ladrillo. Fue así que el 11 de noviembre de 1846 el Gobierno suscribió contrato con Guillermo Wheelwright, quien se comprometió a instalar cañerías que incluía conceder facilidades para la provisión de agua a casas particulares”.

Hacia 1850 se podían contabilizar 27 pilas y pilones que abastecían puntos importantes de Lima. Posteriormente, se promovió la construcción de reservorios y pozos de agua, la instalación de bombas y se ejecutan trabajos de ampliación en La Atarjea, según Orrego (10). Pérez (4) indica que recién en 1856 las cañerías de barro serían cambiadas por las de metal y Córdova (8) da cuenta que “en 1884, 150 mil limeños consumían 32 millones de litros de agua por día. Sin embargo, su calidad era pésima y causaba enfermedades estomacales”.

En 1893, Lima tenía una población de 115 mil habitantes, pero toda la ciudad no tenía cobertura (en El Callao se abastecían de un estanque). La población y las ciudades continuaron creciendo, por lo tanto, la demanda de agua para consumo humano y que sea de calidad, así como la disposición para el tratamiento adecuado de las aguas residuales.

“El agua proveniente de La Atarjea era producto de filtraciones, buena parte de la cual tenía su origen en acequias de regadío (como las del “río” Surco), y desde su captación, hasta su destino final, no tenía ningún tipo de tratamiento que la hiciera apta para el consumo humano. Para colmo de males, entre la población ni siquiera se había generalizado la costumbre hogareña de “hervir agua”, indica Orrego (10).

En ese contexto, el 19 de mayo de 1917, se inauguró en La Atarjea una planta de clorinación, la primera en el Perú. “Se empleó el sistema de aplicación directa del cloro gaseoso, instalándose la planta en una antigua casa de aforos, que se había construido a la salida de las aguas de La Atarjea” (9).

“En 1917, el alcalde del Concejo Provincial de Lima y presidente de la Junta Municipal de Agua Potable, Luis Miró Quesada de la Guerra, inauguró la primera planta de clorinación, lo que garantizó la purificación de las aguas. Inicialmente la población se mostró escéptica. El joven alcalde no se detuvo y mandó a ejecutar las obras. Sin avisar a los vecinos, se puso en funcionamiento la planta. De esta forma los desconfiados limeños se convencieron de que el agua no era dañina”, reseñó Córdova (8).

En adelante, además se fueron creando instituciones destinadas a mejorar su suministro, así como normativa para su ordenamiento, como la Ley de Saneamiento de 1920, que expropió todas las empresas de agua de la República y constituyó la Junta del Agua Potable de Lima. “Ese mismo año, la municipalidad entregó a The Foundation Company (empresa inglesa) la administración del servicio de agua potable para la ejecución de obras inglesas” (9).

Años después, en 1930, la Dirección de Obras Públicas del Ministerio de Fomento asume el control del servicio de agua en la capital.

En tanto, el 6 de setiembre de 1955, durante el gobierno de Manuel A. Odría, se suscribió un contrato con la Sociedad Degrémont de Francia para ejecutar, el diseño, equipamiento y construcción de la primera planta de tratamiento de agua en La Atarjea, que fue inaugurada el 23 de julio de 1956.

“Hasta el año 1962, los servicios de agua potable y saneamiento en Lima fueron provistos por, primero, el Consejo Superior de Agua Potable de Lima y luego por la Junta Municipal de Agua Potable de Lima. En 1962, nace la Corporación de Saneamiento de Lima (COSAL), que en 1969 se convirtió en la Empresa de Saneamiento de Lima (ESAL). Finalmente, en el año 1981, en una nueva restructuración se creó el Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal)”, indica Lidia Oblitas (12), en su libro “Servicios de agua potable y saneamiento en el Perú: beneficios potenciales y determinantes del éxito”.

En el ámbito rural, los servicios de saneamiento estuvieron a cargo de la Dirección de Saneamiento Básico Rural (Disabar) del Ministerio de Salud hasta finales de la década de 1980. “Según la Ley General de Saneamiento Básico Rural de 1962, la infraestructura construida se entregaba a las juntas administradoras, organizaciones comunales responsables de administrar y operar los sistemas. Disabar organizó sus actividades a través de 17 oficinas de saneamiento básico rural distribuidas por todo el país, que desarrollaron las actividades de promoción de la comunidad, construcción de la infraestructura y la posterior asesoría técnica y supervisión de las juntas. A fines de los años ochenta, estas oficinas pasaron a depender de las secretarías de asuntos sociales de los gobiernos regionales”, agrega Oblitas (12). Luego se estableció que, para el ámbito rural y de pequeñas ciudades, son las municipalidades distritales las responsables de promover los servicios de saneamiento.

El 12 de junio de 1981, mediante Decreto Legislativo n.° 150, se crea el Servicio Nacional de Abastecimiento de Agua Potable y Alcantarillado (Senapa), con responsabilidades rectoras, reguladores y de prestación de los servicios. Senapa reemplazó a la Dirección General de Obras Sanitarias y absorbió a las empresas de Lima, Arequipa y Trujillo; así, quedó integrada por empresas filiales, ubicadas en los principales departamentos y unidades operativas.

“Senapa se convirtió en una empresa matriz integrada por 15 filiales y alrededor de 10 unidades operativas que funcionaban a lo largo del país; una de estas filiales fue el Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal), que se creó a partir de la Empresa de Saneamiento de Lima (Esal). Senapa, aún con un modelo centralista, estableció una nueva modalidad respecto a los servicios de saneamiento: mientras que Obras Sanitarias daba prioridad a la construcción de instalaciones, Senapa dejó de centrarse en la infraestructura y más bien buscó mejorar el servicio y la calidad del agua”, se lee en el libro “La calidad del agua potable en el Perú” (11).

Pero es a inicios de la década de 1990 cuando se realiza una reforma del sector saneamiento. En abril se dispuso la transferencia de las empresas filiales y unidades operativas de Senapa a los gobiernos provinciales y distritales, con excepción de Sedapal, la empresa de agua de Lima y Callao hasta la actualidad.

“En abril de 1990 se dispuso la transferencia de todas las empresas filiales y unidades operativas de Senapa a las municipalidades provinciales y distritales. Esta disposición determinó que Senapa se convirtiera en una empresa encargada exclusivamente de brindar asistencia técnica a dichos gobiernos. En junio de 1992, el Ministerio de la Presidencia, por medio de una ley orgánica de emergencia, absorbe a Senapa, y a fines del mismo año se crea la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass)” (11).

“El 24 de julio de 1994, se promulga la Ley N° 26338, Ley General de Servicios de Saneamiento, que recoge las políticas generales y las estrategias y objetivos del sector. Bajo este nuevo marco legal, en base a las empresas filiales y unidades operativas ya existentes, se organizan a nivel nacional 45 empresas como sociedades anónimas [que luego aumentarían a 50], 44 de las cuales son municipales, cuyo accionariado es de propiedad de los gobiernos locales a nivel provincial y distrital, y una, Sedapal, mantiene su estatus de empresa pública de propiedad del Gobierno Central”, complementa Oblitas (12).

Los retos en el sector aún son muchos. Según las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el 88.7 % de la población nacional consume agua proveniente de la red pública y el 81.1 % elimina las excretas mediante la red pública de alcantarillado. En tanto, existen 50 empresas de agua que brindan los servicios de saneamiento en el ámbito urbano del país y más de 24 mil organizaciones comunales que lo hacen en los ámbitos de pequeñas ciudades (con población entre 2 mil y 15 mil personas) y rurales (con menos de 2 mil personas), lo que muestra la compleja situación para la prestación de los servicios de saneamiento en el Perú.


Planta de tratamiento de agua potable de La Atarjea de Sedapal.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

(1) Intur Machupicchu (s.f.). Tambomachay: Templo de culto al agua. https://inturmachupicchu.com/tambomachay-templo-de-culto-al-agua/

(2) Comunidad Andina. El agua en los Andes. Un recurso clave para el desarrollo e integración de la región. Lima, 2010. URL: https://www.comunidadandina.org/StaticFiles/OtrosTemas/MedioAmbiente/AGUA_DE_LOS_ANDES.pdf

(3) Rostworowski, María (1999). Historia del Tahuantinsuyo. 2ª. ed. Lima, IEP.

(4) Pérez, Paul (2010). Canales, abastecimiento de agua y sistemas de irrigación en Lima: el caso del Canal Huatica. Rev. Arqueología y Sociedad (N° 22), 249-260. URL: https://revistasinvestigacion.unmsm.edu.pe/index.php/Arqueo/article/view/12302/11007

(5) Guimac, Magdalena., Tamariz, Antonio., Bernex, Nicole., Castro, Juan Carlos. Agua y sociedad. URL: https://ciga.pucp.edu.pe/wp-content/uploads/2017/09/7.-CAP%C3%8DTULO-7.pdf

(6) Mattié, M (25 de mayo de 2007). Los Andes: una cultura del agua. América Latina en movimiento. URL: https://www.alainet.org/active/17770

(7) Kapsoli, W. (2016). Apostillas de Ricardo Palma a las acuarelas de Pancho Fierro. Aula Palma, (13), 233-266. URL: https://doi.org/10.31381/test2.v0i13.135

(8) Córdova, Lilia. (30 de marzo de 2014). Entre aguateros y camiones: la historia del agua en Lima. El Comercio. URL: https://elcomercio.pe/lima/aguateros-camiones-historia-agua-lima-305653-noticia/

(9). Sedapal. Sedapal, cincuenta años de historia [folleto]. Manuel Valencia [investigación].

(10) Orrego, J. (27 de marzo de 2011). Historia del agua potable en Lima. Blog PUCP. URL: http://blog.pucp.edu.pe/blog/juanluisorrego/2011/03/27/historia-del-agua-potable-en-lima/

(11) Sunass (2004). La calidad del agua potable en el Perú. Sunass. URL: https://www.sunass.gob.pe/wp-content/uploads/2020/09/Jica-2004.pdf

(12) Oblitas, L. (2010). Servicios de agua potable y saneamiento en el Perú: beneficios potenciales y determinantes del éxito. CEPAL. URL: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/3819/1/lcw355.pdf



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12 de diciembre de 2021

¿La Universidad San Marcos fue propietaria del distrito de Comas?

El distrito de Comas, ubicado al norte de Lima, cumple 60 años de creación política, hoy 12 de diciembre de 2021. Dos referencias del libro “Comas y su historia, un modelo de investigación distrital”, del docente Santiago Tacunán Bonifacio, me llamaron la atención: ¿fue la Universidad San Marcos propietaria de parte del distrito?, ¿por qué no se llamó ‘La Libertad’, como proponía su ley de creación?

Histórica fachada del cine Tupac Amaru, que se ubicaba entre las avenidas Belaunde y Tupac.


Comas tiene una historia milenaria que se puede remontar hasta la etapa lítica (11 600 a. C.), por los restos arqueológicos ubicados en el valle de Carabayllo, y que pasa por culturas preincas como el señorío Collic y, con la llegada de los españoles, espacio de varias haciendas a lo largo de su actual territorio.

En 1540 se forma la hacienda de Comas, que Francisco Pizarro le otorga a su capitán Francisco de Chávez, en agradecimiento a su labor en las guerras de invasión. Pero De Chávez fallece un año después, durante el asalto de Almagro, por lo que su viuda asume la posesión hasta que, en 1567, dona la propiedad al convento grande de la Merced.

Pronto, el convento cambia la hacienda Comas por otras tierras con el colegio San Pedro Nolasco, que también pertenecía a la orden de la Merced, pero administraban sus propiedades de forma independiente. El colegio poseyó la hacienda por un lapso aproximado de 120 años, tiempo en el que arrendó las tierras a cambio de rentas anuales.

El 26 de octubre de 1826, las rentas que recibía el colegio Nolasco, que dejaría de funcionar por esos años, fueron transferidas al Convictorio de San Carlos. En 1876, las rentas del Convictorio pasan a formar parte del presupuesto de la Universidad San Marcos, de las que gozará hasta 1945, aproximadamente, fecha en que desaparece de sus registros de bienes inmuebles.

Toda la información está en el referido libro de Santiago Tacunán Bonifacio, quien agrega que el incumplimiento del pago del arrendamiento habría originado que las autoridades sanmarquinas sean indiferentes con la posesión de la hacienda. Además, luego de la ocupación chilena en la Casona San Marcos, desaparecieron muchos contratos de propiedad.

Algo similar ocurrió con otras haciendas, que también ocuparon los actuales territorios del distrito de Comas, como las de Pro, Chacra Cerro, Infantas, Caudivilla, El Naranjal o Collique (cuyos nombres se mantienen en las zonas donde se ubicaban). En el caso de la hacienda de Collique, tuvo varios dueños desde la Santa Inquisición hasta la Dirección General de Consolidación (institución que se creó luego de la Independencia para administrar las propiedades de los españoles), entre otros dueños, producto de varias ventas y herencias.

De 1950 en adelante, comenzarían las invasiones de los terrenos eriazos y aledaños de las haciendas, lo que obligó a sus propietarios a lotizar y vender sus terrenos a asociaciones y cooperativas de vivienda.

Finalmente, el distrito se iba a llamar “La Libertad”, como proponía el proyecto de ley original, por ser el nombre de una de las primeras barriadas. Pero el Congreso, en consideración a una ley de 1930, que restringía poner ciertos nombres a poblaciones y calles, acuerda que el nuevo distrito tendrá el nombre de Comas, por ser como se llamaba la vieja hacienda.

El autor del libro: Santiago Tacunán.



*Fotos: Internet.


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2 de noviembre de 2021

¿Cómo se cuida a la fuente que permite el abastecimiento de agua potable en la población de Abancay?

El cuidado de la laguna Rontoccocha, de la cual se abastece con agua potable una parte de la ciudad de Abancay, ubicada en los Andes del Perú, ha permitido mejorar el abastecimiento que recibe la población. Pero, cómo se logró este compromiso de la población, tanto de las ciudades como de las comunidades campesinas. ¿Quiénes están detrás de estas prácticas y qué realizan para que esta microcuenca sea fuente de agua para las futuras generaciones?

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Angélica Monzón Enciso

“Acá está la laguna de Rontoccocha. El agua beneficia a todo el pueblo de Abancay. Ahí hemos hecho plantaciones como queñua, ichu. Y seguimos haciendo qochas. Seguimos cosechando agua. De nuestra parte haciendo nuestras faenas. Como ya está [el] cerco, ese sitio es zona intangible, ya no entran animales, ni oveja, por eso tenemos más agua a la comunidad. Ahora estamos sembrando más cosas porque tenemos más agua. Ahora tenemos suficiente agua en la comunidad”, refiere Angélica Monzón Enciso, de la comunidad campesina Micaela Bastidas, ubicada en la región Apurímac, en la parte central y sierra del Perú.

Angélica Monzón Enciso es una protectora del agua pues, gracias a los mecanismos de retribución por servicios ecosistémicos (Merese) hídricos, trabaja para el cuidado de la laguna Rontoccocha, de la cual se abastece con agua potable el 30 % de la población de la ciudad de Abancay, capital de Apurímac.

Pero, para lograr esta labor, que favorece tanto a las poblaciones que viven en las ciudades (que retribuyen con financiamiento mediante una parte del pago de sus recibos por el servicio de agua potable) y a las comunidades campesinas (ubicadas cerca de las lagunas en las partes altas y que contribuyen con trabajos para el cuidado de las fuentes de agua), se tuvo que recorrer un camino que empezó hace algunos años.

El 2008, en concreto, se comienzan a gestar los Merese hídricos en la cuenca Mariño, donde se ubica la laguna Rontoccocha, bajo el concepto de pago por servicios ambientales, que consistió en trabajar en la gestión de los ecosistemas de manera integrada con todos los usuarios de la cuenca. Los siguientes años se realizaron diversas actividades como concursos, foros y capacitaciones para sensibilizar a los líderes de las comunidades sobre la retribución por servicios ecosistémicos (RSE), así como pasantías para conocer otras experiencias de Merese, como las que se realizaban en Moyobamba o en Piuray, en la región Cusco. Luego, en el 2013, se conforma el grupo impulsor de los servicios ecosistémicos y se incorpora la RSE en el plan maestro optimizado (PMO) de la Empresa Municipal de Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (Emusap), entidad encargada de brindar los servicios de saneamiento en la ciudad de Abancay.

Así, el hito importante para concretar la ejecución de los Merese sucedió en el 2014, cuando la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass), la entidad peruana encargada de aprobar las tarifas de agua en el Perú, aprobó el estudio tarifario de Emusap Abancay, que consideró destinar parte de la tarifa que paga la población para la generación de fondos por concepto de Merese hídricos y proteger y conservar la microcuenca Mariño, a fin de beneficiar a cerca de 65 mil personas y mejorar la continuidad y cobertura del agua potable.

Laguna Rontoccocha


Jessica Quispe, bióloga y gestora ambiental de la Sunass en Apurímac, resalta por qué era importante trabajar en la recuperación de la cuenca. “La laguna de Rontoccocha se ubica en la cuenca Mariño y es importante porque abastece al 30 % de la ciudad de Abancay. Antes de la firma del acuerdo Merese, en esta zona se observaba pastoreo de numerosas ovejas, caballos, vacas y hasta chanchos. Además, en los meses de junio a octubre se presentaban quema de pajones, principalmente realizadas por los mismos pastores. Estas actividades afectaban a los ecosistemas y su capacidad de almacenar agua, tanto en las fuentes de agua que abastece a ciudad como a las mismas comunidades campesinas”, refiere.

El mecanismo significó el desarrollo de varios procesos: diseño administrativo y planificación del Merese bajo la modalidad de contrato; sensibilización y trabajo conjunto con las comunidades campesinas involucradas y con las instituciones y organizaciones de la plataforma del Merese de Mariño.

“A mediados de este año, la empresa Emusap Abancay y las comunidades campesinas de Micaela Bastidas y Atumpata firmaron un acuerdo para continuar con la implementación de los Merese en la zona de Rontoccocha. Así, seguirán con las acciones de conservación de bosques nativos, reforestación con queñua, revegetación con ichu, construcción de qochas, cercos, entre otras actividades que iniciaron en el 2019. Por un lado, las comunidades se benefician porque se financia la recuperación de las fuentes de agua para el desarrollo de sus actividades agrícolas. Por otra parte, Emusap Abancay promueve la sostenibilidad de los ecosistemas en la cabecera de la microcuenca Mariño y así disponer de agua en cantidad y calidad para los usuarios de la población de Abancay”, refiere Ronald Cervantes, jefe en Apurímac de la Sunass.

Jorge Olivera Solís, integrante de la comunidad campesina de Atumpata, otra de las involucradas en los Merese, refiere que, hacia el 2014, “el agua bajaba poco”. “Pero hoy en día hemos notado que el agua se ha aumentado. Nosotros, en la comunidad estamos contentos porque en la parte alta teníamos un canal que ya no tenía agua y hoy día se ha aumentado y los vecinos también están contentos”, declara, al pie de la laguna, cuya altitud oscila entre los 4.000 y los 4.600 m. s. n. m.

En este contexto, otro hito sucedió en julio de 2019 cuando se firmó el primer contrato de conservación para la seguridad hídrica entre una empresa de agua, es decir Emusap Abancay, y las comunidades campesinas de Micaela Bastidas y Atumpata para iniciar la implementación de los Merese.

Las comunidades, como contribuyentes, se benefician porque se financia la recuperación de las fuentes hídricas para el desarrollo de actividades agrícolas y se comprometen a participar en el desarrollo de acciones sostenibles en el ámbito de la unidad hidrológica. Emusap y su población administrada, como retribuyentes, también se benefician porque una de las áreas es fuente hídrica para su abastecimiento y la provisión de servicios de saneamiento; por ello, se comprometen a financiar las acciones del proyecto según el presupuesto aprobado.

El gerente general de Emusap Abancay, Wilber Huillca Montes, subraya los beneficios alcanzados, hasta ahora, gracias a los Merese hídricos. “Hoy en día tenemos mayor disponibilidad hídrica en nuestras fuentes principales, entre ellas la laguna de Rontococha, de donde se capta agua para suministrar a la ciudad de Abancay. En ese sentido, hemos mejorado. En años anteriores había necesidad de racionar el servicio de agua potable. Hoy por hoy tenemos las 24 horas del día. Ha sido un paso importante en la prestación del servicio que brinda la empresa. Por otro lado, le ha permitido a la actividad agrícola disponer de mayores recursos hídricos y gozan de sus beneficios”, sostiene.

Jorge Olivera, de la comunidad Atumpata, explica parte de los trabajos que realizan como contribuyentes para el cuidado de Rontoccocha. “Hemos trabajado arriba, con los cercos, protegiendo los manantes. En la parte alta hemos trabajado en faenas. Hemos plantado queñuas, ichu, cercos y ahora estamos en represamiento de las lagunas. Poco a poco estamos avanzando. Trabajamos con el Merese que recauda Emusap. El resultado hoy en día nos ha aumentado el caudal”, indica.

Gracias a los resultados, Jorge refiere que más personas se están sumando a practicar los Merese y ya proyectan realizar nuevas acciones. “Los comuneros no nos creían. Nos decían para qué vamos a hacer esas qochas. Para qué vamos a trabajar. Poco a poco hemos trabajado en faenas. 30, 40, 60 personas, poco a poco hemos comenzado y trabajado. El resultado, hoy en día, nos ha aumentado el caudal. Los vecinos siguen nuestros pasos, nuestras experiencias. Ahora estoy escuchando [que] va a pasar a otras comunidades: poco a poco se van sumando. Quiere decir que hay resultados [con] lo que hemos trabajado en la parte alta de Rontoccocha”, declara.


Jorge Olivera


Jorge agrega que continúan trabajando en la parte alta de la microcuenca, con más qochas (es decir, un sistema de recarga de agua), más plantaciones, más cercos, a fin de que haya “más agua para la población”.

“Esa agua abastece a la población. Nosotros en la comunidad estamos muy agradecidos porque con ese trabajo hay resultados. Hay que cuidar el agua. La cosecha de agua es para todos, en la parte alta podemos aumentar más cochas, más lagunas, más sembramiento de pastos. Toda la comunidad, hasta población, puede ir a plantar. Hay que cosechar agua en parte alta. Si no, hoy en día, con el cambio climático, las lagunitas, los manantitos se están secando. Hay que ir toda la población de Abancay a sembrar si quiera una planta, para tener más agua para consumo humano. Nosotros cuidamos con toda la comunidad la parte alta del agua. Gracias a los mecanismos, toda la comunidad nos comprometemos a cuidar el agua, de la parte alta de Rontoccocha”, reflexiona Jorge.

En el Perú, la conservación de las fuentes de agua en el sector saneamiento es una política de Estado y cuenta con un marco normativo, mediante la Ley Merese n.° 30215 del Ministerio del Ambiente y la Ley Marco de los Servicios de Saneamiento del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento.

Actualmente, 40 de las 50 empresas de agua del Perú tienen fondos proyectados por más de 141 millones de soles para invertir en proyectos que garanticen la sostenibilidad y disponibilidad del recurso hídrico, en cantidad y calidad para las ciudades. Además, a la fecha, 7 empresas de agua están implementando proyectos de conservación en sus cuencas.

En el caso de Apurímac, se espera obtener un manejo sostenible de las fuentes hídricas de la unidad hidrológica de Rontoccocha y la mejora del bienestar de las comunidades campesinas de Atumpata y Micaela Bastidas. Además, que la laguna tenga sostenibilidad para garantizar que la población continúe recibiendo el recurso hídrico con calidad en el futuro.

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2 de agosto de 2021

Crónica: vivir la pandemia sin agua y con la especulación de su precio en Lima

Más de 700 mil personas en Lima, capital del Perú, debieron afrontar la covid-19 sin acceso a la red pública de agua potable, herramienta básica para evitar su propagación. Ante ello, debieron padecer la especulación en los precios por parte de quienes les venden el agua en camiones cisterna. ¿Qué hicieron las autoridades peruanas ante ello?

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Cuatro días pasaron, desde el domingo 15 de marzo de 2020 hasta el jueves 19 de ese mes, para que los camiones cisterna que transportan el agua para consumo humano retornen a Nueva Rinconada, en los cerros del distrito limeño de San Juan de Miraflores, una zona donde no existe conexión a la red pública de agua potable que les proporcione una arma  esencial para evitar el contagio del covid-19.

Ese domingo 15 fue un día visceral para el país porque el entonces presidente Martín Vizcarra anunciaba el estado de emergencia y aislamiento obligatorio para evitar la propagación del covid-19 –que luego se prolongaría por varios meses–, lo que sorprendía a Juan Carlos Zambrano en Huambocancha Alta, a Ramiro en Comas, y a las familias de Nueva Rinconada, pero, a ellas, sin tener acceso a dicha red.

“El gobierno garantiza la continuidad de los servicios de agua y saneamiento durante la emergencia nacional por el coronavirus”, pronunciaba Vizcarra, en el referido mensaje del 15 de marzo, no obstante, ello no era garantía para quienes nunca tuvieron el servicio en sus viviendas y padecen, además, la especulación de su precio por parte de quienes la venden en camiones cisterna.

“Hoy que viene la prensa recién se aparecen los aguateros”, protestaba, entonces, Noé Perales Zevallos, un vecino de Nueva Rinconada, el jueves 19 de marzo, a los medios de comunicación que, junto al entonces ministro de Vivienda, Rodolfo Yáñez, el alcalde de Lima, Jorge Muñoz, y el presidente de Sedapal, Francisco Dumler, llegaron hasta ahí con las cisternas, tras cuatro días de ausencia.

“Todos tienen derecho al agua y, en este momento, se distribuye tanto a quienes están conectados a la red de distribución, como quienes se abastecen con camiones cisternas. Como Ministerio de Vivienda monitoreamos el día a día de la distribución de agua a nivel nacional”, afirmaba, por su parte, ese mismo día, el ministro Yáñez en una entrevista televisiva.

Según el INEI, en el informe “Acceso a los servicios básicos en el Perú, 2013 – 2018”, el 95.3 % de los hogares urbanos tiene abastecimiento de agua por una red pública. Es decir, el resto debe dotarse de alguna otra forma, como los camiones cisterna. “Lima tiene una cobertura de agua potable de 93 %. Hay un 7 %, o sea 800 mil personas sin conexión que se abastecen con camiones cisternas, casi todas privadas, en cuya red, en los últimos días, se observó especulación de precios. Sedapal les vende el agua a 0.7 el metro cúbico y llega a la gente a 5, 6 o 7 soles dependiendo de la altura y la zona”, declaraba a una radio el presidente de Sedapal, el 18 de marzo, un día antes de visitar Nueva Rinconada.

“El tacho de agua cuesta cinco soles: nos han subido al porrazo”, protestaba una vecina de Nueva Rinconada, ese jueves 19 de marzo, a la prensa. “Poco a poco nos ha subido: antes estaba 2 soles, luego 2.50, después 3.50 y ahora, con esta situación, nos ha subido a 5 soles, de porrazo. Y el tanque está 40 soles, pero no podemos comprarlo. Muchas familias tenemos un tacho o dos, que dura un día. Cinco soles diarios. Cuánto estamos pagando”, reportaba.

El tanque, de 1100 litros de agua de capacidad, les cuesta entre 30 y 40 soles, dependiendo del precio que imponga el dueño de la cisterna. El tacho, para 70 litros, les vale hasta 5 soles y les dura un día, es decir deben pagar 150 soles al mes (38 dólares aproximadamente), el 15 % del sueldo mínimo en el país. Es así que, una familia pobre, que no está conectada a la red, paga cinco a seis veces más que una familia con conexión pública. 

-        - “Queremos tener agua, aunque sea con esos precios. Nos dicen que la limpieza y aseo es con agua, pero no nos podemos lavar”, respondía a las cámaras otra vecina.

La primera vez que el Gobierno peruano dio una conferencia por el covid-19 fue para anunciar el primer caso detectado en el país, el 6 de marzo de 2020. Desde entonces, y mucho antes, la recomendación fue lavarse las manos constantemente, por 20 segundos, para prevenir el contagio. Incluso, el 5 de mayo se estableció como el Día Nacional de la Higiene de Manos.

“La distribución gratuita de agua potable durante el estado de emergencia nacional, en las zonas más alejadas de las ciudades, beneficia a aproximadamente un millón y medio de personas”, difundió en una nota el Ministerio de Vivienda, el 17 de mayo de 2020, y añadía que, a través de Sedapal, se distribuye agua gratuita en Lima y Callao mediante una flota de 351 camiones cisterna, en tanto que, en las demás regiones, 450 unidades reparten el recurso.

-        - “La distribución de agua gratuita es un servicio indispensable en la lucha contra el COVID-19. Con esta acción se han beneficiado a 700 000 ciudadanos en Lima y Callao, y a 800 000 a nivel nacional", dijo el ministro Yáñez, el 8 de mayo, ante la Comisión de Vivienda del Congreso.

Cierto es que, según los anuncios oficiales, se implementaron dos iniciativas: el Programa Nuestras Ciudades y el Plan Cisterna. El primero destinado a repartir agua potable gratuita en las zonas sin acceso a la red pública. “El Gobierno tiene el inventario de dónde no se tiene agua. Ahí tenemos que trabajar con los gobiernos regionales y los municipios para que los proyectos de saneamiento, que tienen un proceso, se terminen y todo el Perú, tanto la zona urbana como rural, tenga cobertura de agua segura, de agua potable. Mientras eso ocurra, en esos lugares, durante la emergencia, hay que llevarles agua potable en cisternas”, indicaba el presidente Vizcarra, en su conferencia del 19 de marzo de 2020. 

Por su parte, el Plan Cisterna fue una medida de contingencia para llevar agua a las zonas críticas del ámbito de las EPS. Es así que, según el director ejecutivo del Organismo Técnico de la Administración de los Servicios de Saneamiento (Otass), una entidad creada por el gobierno peruano para apoyar a las empresas de agua en situación crítica, Óscar Pastor, las empresas prestadoras bajo su administración habían brindado, hasta el 23 de mayo de 2020, 21 mil metros cúbicos (m3) de agua potable con camiones cisterna, en beneficio de más de 66 mil familias.

Un grupo de expertos de las Naciones Unidas advirtió, el 23 de marzo de 2020, que la pandemia no podría pararse si no se proporcionaba agua a las personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. “Las personas que viven en asentamientos informales, las personas sin hogar, las poblaciones rurales, las mujeres, los niños y niñas, las personas mayores, las personas con discapacidad, las personas migrantes, las personas refugiadas y todos los demás grupos vulnerables a los efectos de la pandemia deben tener un acceso continuo a agua suficiente y asequible, subrayó el grupo.

La población peruana sin acceso al agua potable es de 3.4 millones de habitantes mientras que 8.3 millones carecen de alcantarillado, reporta el Plan Nacional de Saneamiento 2017 - 2021 y estima que se necesitan S/ 49.5 mil millones para el cierre de las brechas en saneamiento. Por eso, cuando el ministro de Vivienda, el alcalde de Lima y el presidente de Sedapal llegaron a Nueva Rinconada se encontraron con muchas preguntas y reclamos, según los registros de los medios, de una población con necesidades postergadas por muchos años. “10 cisternas abastecerán a diario”, dijo el alcalde; “hay dos proyectos en Rinconada, el de la etapa uno está en fase de licitación final y el otro, para la etapa dos, donde estamos, está en fase de elaboración; esa fase tiene 80 mil líos”, ensayó el presidente de Sedapal, ante la gente a su alrededor.

-        - “El Perú no puede estar entre los primeros países de la región en manejo macroeconómico y entre los últimos en manejo de instituciones y calidad de los servicios públicos, una condición que se ha ratificado en este momento. Estos problemas estructurales nos han vuelto más vulnerables para enfrentar esta crisis”, declaró la entonces ministra de Economía, María Antonieta Alva, el 17 de mayo.

“El Estado reconoce el derecho de toda persona a acceder de forma progresiva y universal al agua potable”, dice la Constitución, en su Artículo 7°-A. “Toda persona, natural o jurídica, domiciliada dentro del ámbito de responsabilidad de un prestador de los servicios de saneamiento tiene derecho a que este le suministre los servicios que brinda”, dice el Decreto Legislativo 1280, en su Artículo 19.

“Es importante indicar que el Gobierno del Perú ha asumido el compromiso de cerrar las brechas de cobertura urbana al año 2021 y rural al año 2030 y, de esa manera, cumplir con la Meta 6 de los ODS, en lo que se refiere a la cobertura de saneamiento”, se lee en el Plan Nacional de Saneamiento 2017 - 2021 y aun retumba en las columnas del hemiciclo del Congreso cuando, el 28 de julio de 2016, Pedro Pablo Kuczynski asumía el cargo de presidente del Perú, con Martín Vizcarra en uno de los palcos, y prometía que para el 2021 "todos los peruanos deberán tener acceso al agua potable las 24 horas". El 2021, este año.

 

*Nota: esta crónica fue escrita a fines del 2020 y fue reconocida en el concurso de testimonios “La vida cotidiana de los peruanos durante la Gran Pandemia” que organizó el Instituto de Estudios Peruanos (IEP). En julio de 2021, Pedro Castillo asumió la presidencia del Perú y anunció que se encargaría de cerrar la brecha de agua al 100 %. Aunque muchas de las autoridades mencionadas dejaron sus cargos, las cifras presentadas persisten.

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14 de marzo de 2021

Crónica: cómo influyó la pandemia en el servicio de agua en el Perú

El 16 de marzo de 2021 se cumple un año del inicio del estado de emergencia en el Perú, para evitar la propagación de la COVID-19, que implicó severas restricciones para la población, como la inmovilización obligatoria y, con ello, el cierre de muchos negocios. Por ello, el gobierno peruano anuló el pago de los recibos por el servicio de agua, cuya deuda se fraccionaría después, pero, ¿cómo afectó esta medida a las empresas prestadoras de los servicios de saneamiento?

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Ramiro recuerda la llamada insistente que recibió una tarde de los últimos días de abril de 2020. La primera vez no respondió, no tenía cerca su celular. La segunda vez vio que era la dueña que le alquilaba el local donde funciona su restaurante, en Lima, capital del Perú. Aceptó la llamada, intercambiaron unos saludos: no le renovaría el alquiler del local.

Desazón y recuerdos lo invadieron tras asimilar que era el final del negocio que había tenido por más de 10 años. Entonces rememoró aquella tarde del domingo 15 de marzo del 2020, cuando cerró la reja de su negocio –sin saber que sería la última vez–, regresó a su casa, saludó a su familia y se puso a escuchar, para su sorpresa, el discurso que pronunciaba Martín Vizcarra, entonces presidente del Perú.

-        - ¿De qué se trata? –le preguntó a su hija.

Hasta entonces había recibido pocas noticias del nuevo coronavirus. “China está lejísimos”, se aliviaba. “Luego de hacer una evaluación seria y responsable, hemos aprobado, en Consejo de Ministros, de manera unánime, un decreto supremo que declara el estado de emergencia nacional por las graves circunstancias que afectan a la Nación”, le escuchó decir al presidente Vizcarra. Por entonces, Ramiro no avizoraba la magnitud de lo que vendría semanas después. Por eso, pensó en aprovechar esos quince días de inmovilización obligatoria que decretó el Gobierno, a fin de disminuir los contagios, para descansar, luego de tantos años de trabajo. Días después, con la segunda extensión de la cuarentena por otra quincena, acordó con la dueña del local que el pago del mes lo cubriría la garantía que aportó cuando iniciaron el contrato del alquiler.

Pero, con el paso de los días, notó que el problema y las restricciones tomarían más tiempo: aumentaban los contagios, escuchaba noticias de contagiados y muertes sospechosas por covid-19 en el mercado y lugares cercanos de su restaurante –en uno de los cerros del distrito limeño de Comas– y el colapso de los hospitales en varias partes del país.

A la vez, ningún acuerdo parecía convencer a la dueña del local, quien, recuerda Ramiro, le ofreció dividir el pago del alquiler del segundo mes de emergencia (600 soles, cerca de 170 dólares) en los próximos dos meses, es decir, ahora debía cancelarle 900 soles. Aun si volvía a trabajar, la incertidumbre gobernaba a Ramiro pues sabía que su negocio no volvería a ser como antes, sobre todo en sus ingresos. Sin una solución concreta, mantenía la esperanza de que el Gobierno anuncie alguna disposición para normar los alquileres, como esperaban los padres con los colegios particulares. Empero, rota toda posibilidad de acuerdo y vigente el cobro íntegro del alquiler por cada día que pasaba, llegó el final de su negocio.

A la par, consideró que sus más de 60 años era un riesgo para volver a atender a sus clientes, y, sobre todo, un impedimento mayor: es informal. Ramiro infirió que ser informal lo exponía a la fiscalización de la municipalidad, una multa, el cierre y, posiblemente, una coima. Entonces, tras analizar que no volvería a trabajar y desechar recibir cualquiera de los bonos del Gobierno, así como retirar algún monto por AFP –es informal y siempre lo fue–, concluyó que no volvería a tener ingresos y analizó sus gastos futuros, entre ellos, por los servicios básicos, como el agua potable.

El martes 17 de marzo, el segundo día de la emergencia, Martín Vizcarra daba un anuncio sustancial, aunque somero durante su conferencia: “Se coordina con las empresas de los servicios públicos para postergar el pago correspondiente a marzo del 2020”. Horas después, el entonces ministro de Vivienda, Rodolfo Yáñez, profundizaba a la prensa: “A nivel nacional, los recibos de agua de marzo se postergarán y prorratearán en los próximos doce meses, según se establecerá en un decreto supremo. El Ministerio de Vivienda se encuentra elaborando un dispositivo legal que viabilice esta medida. Se estudia la situación de las EPS [empresas de agua] a nivel nacional”.

- ¿Pagamos el recibo de agua?, le preguntó Ramiro, a su esposa, una tarde, al culminar el almuerzo.

“Las empresas prestadoras deben garantizar el normal funcionamiento de suministro de agua potable, así como la recolección y el tratamiento de las aguas residuales en los horarios habituales. Se solicita al gobierno nacional una transferencia excepcional para la adquisición de equipos e implementos a fin de asistir a la población sin conexión a la red”, solicitó la Asociación Nacional de Empresas Prestadoras de los Servicios de Saneamiento del Perú (Anepssa), el ente que agrupa a las empresas de agua del país, el lunes 16 de marzo, el primer día de la emergencia, en sus redes oficiales. Y luego alertaría, en sendos comunicados, como el 22 de marzo: “en el Día Mundial del Agua, las empresas ruegan no romper la cadena de pago de sus recibos [porque] se rompe también la cadena de suministros de insumos químicos para potabilizar el agua, de servicios como el de energía eléctrica y otras obligaciones básicas programadas mensualmente”; el 26 de marzo: “Anepssa solicita a la PCM incluir en paquete de asistencia económica a las 50 empresas prestadoras de agua y saneamiento del país. Se solicita una transferencia de 253 millones de soles [cada mes] como asistencia para garantizar el abastecimiento de agua y alcantarillado a 20 millones de personas a nivel nacional”; el 27 de marzo: “empresas de agua y saneamiento solicitan pago de los recibos ante riesgo de corte de cadena de pagos. El pago de los recibos de agua permitirá el suministro de insumos químicos, energía eléctrica, materiales diversos y pago de los operadores”; el 30 de marzo: “el prorrateo de los recibos de agua de marzo y abril, hasta por 24 meses, corresponde para el ámbito de concesión de Sedapal [empresa de agua de Lima], no se cuenta con disposición alguna para las EPS del interior del país. Solicitamos responsablemente posibilitar la prestación de nuestros servicios, dirigida a preservar la cadena de pagos, por el bien común, asumiendo la cancelación de los recibos que se vienen acumulando”; el 3 de abril difundieron una carta dirigida al presidente Vizcarra, en la que las “empresas prestadoras de agua y saneamiento solicitan inclusión en medidas económicas por el COVID-19”; y el 7 de abril, un comunicado suyo sentencia: “las empresas prestadoras vienen sufriendo inexorablemente el estrés de falta de recursos financieros, liquidez como capital de trabajo para honrar las obligaciones de pago de personal, suministro de insumos químicos, bienes y servicios esenciales para garantizar el abastecimiento de agua y saneamiento a nuestros consumidores y usuarios y, gratuitamente, a las áreas sin acceso a la red pública”. Las empresas de agua del Perú pedían auxilio financiero para continuar con la dotación de la principal herramienta para evitar la propagación del virus, mediante el lavado de manos.

“En los últimos años, las empresas prestadoras públicas han tenido, en promedio, retornos negativos al patrimonio (con excepción de Sedapal), lo que muestra que se están descapitalizando sistemáticamente. En otras palabras, están destruyendo valor”, sentencia el Plan Nacional de Saneamiento 2017 – 2021 del Perú, elaborado por el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento (MVCS).

El documento añade que los resultados evidencian que las demás empresas prestadoras (con excepción de Sedapal) no han sido capaces de cubrir los costos de operación con sus ingresos. “Las causas del débil desempeño de las empresas prestadoras son diversas, el tamaño de mercado es una limitante, razones por las que operan por debajo de la escala mínima eficiente. El alto grado de atomización en la prestación de servicios de saneamiento perjudica la gestión empresarial (…). Con el proceso de descentralización –con excepción de Sedapal– el Estado transfirió a título gratuito a las municipalidades, los activos de las filiales y unidades operativas de la antigua empresa Servicio Nacional de Abastecimiento de Agua Potable y Alcantarillado (SENAPA); los gobiernos locales quedaron desde entonces como titulares de la propiedad de las empresas prestadoras públicas. Los resultados antes expuestos muestran que la descentralización del sector saneamiento a los gobiernos locales tampoco ha traído los beneficios esperados en calidad y expansión de los servicios”, reflexiona el texto.

Por ello, en el 2013 se creó el Organismo Técnico de la Administración de los Servicios de Saneamiento (Otass), adscrito al MVCS. “Dicho órgano también se encuentra facultado para intervenir a las empresas prestadoras públicas de accionariado municipal en condición de insolvencia financiera y operativa a fin de mejorar su desempeño”, explica el mencionado Plan. De hecho, a mayo de 2020, son 18 empresas prestadoras más Agua Tumbes (entidad que brinda el servicio en la región fronteriza, en situación especial luego un fracasado proceso de privatización), las que se encuentra en el Régimen de Apoyo Transitorio, que dirige el Otass y administra el servicio de agua para 4 millones de peruanos ubicados en 10 regiones (Tumbes, Lambayeque, Cajamarca, Amazonas, Lima, Ica, Moquegua, Pucallpa, San Martín y Loreto).

-  “Además de seguir entregando agua a los hogares peruanos, las EPS instalan puntos para el lavado de manos, colaboran con la limpieza de mercados y calles, atienden emergencias las 24 horas. Ahora nos preparamos para afrontar una situación difícil por real disminución de ingresos”, escribió Óscar Pastor, director ejecutivo del Otass, en su Twitter, el 29 de marzo de 2020.

“¿Por qué es importante pagar tu recibo de agua?”, publicó la empresa de agua de Cajamarca, Sedacaj, en sus redes sociales, en último mayo, para exhortar, como la mayoría de las empresas, al pago voluntario del recibo, a la par que habilitaban la modalidad virtual o ampliaban centros autorizados en bodegas.

“Hemos emitido un decreto de urgencia con varios temas (…). Se dispone el fraccionamiento de los recibos de agua para que las familias no tengan que pagar sus recibos y el consumo pueda ser prorrateado, fraccionado en los próximos 24 meses”, indicó el presidente Vizcarra, en su conferencia del 10 de abril de 2020, al anunciar el Decreto de Urgencia n ° 036-2020, y que el ministro Yáñez explicaba así, a los medios de comunicación: “Los beneficiarios de esta medida serán los usuarios de las categorías social y doméstica cuyo consumo no supere los 50 metros cúbicos mensuales. Estimamos que esta medida favorecerá a aproximadamente 16 millones de peruanos y peruanas”.

Con ello se oficializó la postergación del pago de los recibos de agua, durante el estado de emergencia, y su fraccionamiento, hasta por 24 meses, pero, sobre todo, la autorización para que las empresas prestadoras puedan financiar sus costos con los recursos de sus fondos de inversiones y sus reservas por mecanismos de retribución por servicios ecosistémicos, gestión del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático.

Hasta antes de ese drástico cambio, Ramiro se levantaba muy temprano, todos los días, para iniciar sus actividades. Entre lo primero que hacía era abrir la llave de la red de agua potable para llenar su tanque, cuya capacidad bordea los mil litros. Luego de 20 minutos, cerraba la llave y se alistaba para poner en marcha su negocio.

Con el agua que recibe de Sedapal, Ramiro y las tres familias que se abastecen de la misma conexión pueden realizar todas sus actividades. En un mes, en promedio, las tres familias consumen 30 metros cúbicos de agua, por lo que pagan cerca de 100 soles al mes. Con la cuarentena, Ramiro –como lo hemos llamado, pues prefirió mantener su nombre en reserva– notó que el consumo de agua aumentó, por lo que, ahora, debe abrir la llave de la red dos veces al día, para no tener inconvenientes en las noches.

Para decidir si pagaría el recibo, preguntó a las otras dos familias. En marzo de 2020, según el presidente de Sedapal, el 40 % de los usuarios pagó su recibo; en La Libertad, según el presidente de Sedalib, la empresa del departamento de La Libertad recaudó el 18 % del dinero que normalmente reciben por el servicio; en Arequipa, según el gerente general de Sedapar, los ingresos de la empresa cayeron 45 %, comparado con los pagos hechos a fines de marzo del año pasado; y la EPS Grau, en Piura, proyectaba una pérdida de S/ 5 millones en marzo por el no pago de los usuarios.

“Ello representa [la postergación del pago] para las EPS dejar de recibir, por ahora, S/ 110 millones, pero es un esfuerzo necesario”, proyectó el ministro de Vivienda, el 11 de mayo de 2020, ante la Comisión de Vivienda del Congreso.

“Igual tendremos que pagar después”, le respondió el hermano de Ramiro, cuando conversaban si postergarían el pago del agua. Entonces descansaban tras subir las cosas de Ramiro a un camión para la mudanza del local, con destino a un nuevo futuro, que, por ahora, es incierto. 

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Actualización: esta crónica se escribió en junio de 2020, con motivo de un concurso de crónicas que organizó el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y del que resultó reconocido este texto, entre otras dos historias del autor. Posterior a esa fecha, hasta marzo de 2021, se emitieron algunas disposiciones para la sostenibilidad del servicio de agua potable en el Perú.


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31 de octubre de 2020

Crónica: el acceso al agua en el Perú rural durante la pandemia por la COVID-19

¿Qué sucedió en el ámbito rural del Perú durante el aislamiento social por el COVID-19 respecto al abastecimiento de agua para consumo humano? ¿Cuál es la situación de la prestación de los servicios de saneamiento para evitar la propagación del nuevo coronavirus (entre otras enfermedades) en la serranía del país andino? La siguiente crónica permite graficar parte de lo vivido.* 

Foto: Internet

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Todas las ferreterías estaban cerradas y hacía tres días que se les había terminado el cloro. La preocupación crecía en Juan Carlos Zambrano pues lo requerían con urgencia para desinfectar el agua que se distribuye a los habitantes del centro poblado Huambocancha Alta, ubicado en el distrito, provincia y región de Cajamarca, al norte del Perú. Era la primera semana de abril, se iba a cumplir un mes del estado de emergencia y aislamiento obligatorio para evitar la propagación del nuevo coronavirus –decretado desde el 16 de marzo del 2020 en el país andino– y él, como presidente de la organización comunal encargada de proveer el agua a la población, pensaba que las más de 100 familias a su cargo no podían quedarse, justamente en esa coyuntura, sin el agua para sus labores diarias y, sobre todo, prevenir al covid-19.

“Estamos desabastecidos”, le confesó Zambrano con incertidumbre a Marya Chilón, integrante de la Asociación Los Andes de Cajamarca (ALAC), cuando lo llamó para preguntarle cómo iba la cloración. Chilón es ingeniera industrial y encargada de monitorear a organizaciones comunales de Cajamarca encargadas de la prestación de los servicios de saneamiento. “¿Cómo va la cloración?”, le había preguntado a Zambrano. “Compártenos el dato de algún proveedor de cloro. Estamos desabastecidos”, escuchó.

Chilón empezó a averiguar entre sus contactos. Días atrás, ALAC, una organización social promovida por una empresa privada de la región, había repartido cloro, entre otros materiales a diferentes organizaciones comunales, específicamente a las llamadas juntas administradoras de servicios de saneamiento (JASS).

En el Perú, los servicios de saneamiento –ya sea de agua potable, de alcantarillado sanitario, tratamiento de aguas residuales o disposición sanitarias de excretas– son brindados, en el ámbito urbano, por las empresas prestadoras (EPS), y en las pequeñas ciudades, que están fuera del ámbito de una EPS, por las municipalidades, mediante unidades de gestión municipal (UGM) u operadores especializados. En tanto, en el ámbito rural, las encargadas son las organizaciones comunales, que abastecen a los centros poblados y pueden adoptar diversas formas, como las JASS, JAAP, entre otras.

La JASS Chorro Blanco tiene suficiente cloro y está cerca de la JASS Manzanas Capellanía –que preside Juan Carlos Zambrano–, advirtió Marya, tras revisar la información de las organizaciones comunales a su cargo. Recordó que ALAC, mediante el proyecto “Fortaleciendo la gestión del agua”, les había entregado cloro, entre otros materiales. “Estimado Humberto, quisiéramos coordinar la disposición de cloro”, conversó telefónicamente con José Humberto Chávez, presidente de la JASS Chorro Blanco, ubicada a unos cinco kilómetros de Manzanas Capellanía. “Sí, mis directivos son buenos. Llámelo a Zambrano para acordar”, le respondió Chávez.

Para los prestadores de los servicios de saneamiento en el ámbito rural, como las JASS Manzanas Capellanía o Chorro Blanco, así como los más de 28 mil que existen en el Perú, según registros oficiales, el cloro es fundamental para eliminar las bacterias y parásitos del agua, que se capta de manantiales, ríos u otras fuentes naturales, y no sigue un proceso de potabilización, como lo realiza Sedapal, la empresa prestadora encargada del abastecimiento de agua en Lima. Según la Defensoría del Pueblo del Perú, el 28 % de los hogares rurales se abastecen de agua de pozos, ríos, acequias, entre otros. Por ello, la cloración en los centros poblados permite prevenir enfermedades y reducir las tasas de anemia.

- “Me va a vender o prestar”, quiso saber Zambrano, cuando se enteró de la posibilidad de obtener cloro de otra JASS.

En el mercado, cada kilo de cloro cuesta 18 soles (poco más de 5 dólares). La JASS Manzanas Capellanía necesitaba cuatro kilos para la cloración de dos meses. La preocupación por su precio se basa en que la financiación de las JASS, en el mencionado país, se sostiene en la cuota que paga cada familia beneficiada con el agua y cuyo monto no suele ser suficiente para cubrir todos los gastos de operación y mantenimiento del sistema. Dicha cuota familiar suele variar entre un sol al mes –como en Manzanas Capellanía– hasta montos no muy superiores. “La cuota familiar no es el valor real que necesitan las organizaciones familiares”, afirma Chilón.

- “Que venga, yo coordinaré con él”, ofreció Chávez, de la JASS Chorro Blanco.

“La emergencia por el COVID-19 ha llevado a autoridades y periodistas a poner atención en la carencia del servicio de agua en las ciudades. Pero en las zonas rurales es donde están las brechas más grandes. Llevar el agua a centros poblados y comunidades campesinas representa un esfuerzo que pocos conocen: por la distancia en la que se encuentran de las ciudades, es imposible que accedan a las redes urbanas de agua y desagüe”,tuiteó el entonces ministro de Vivienda, Construcción y Saneamiento, Rodolfo Yáñez, el 22 de marzo, quizá sin saber el periplo por el cloro que se viviría en Huambocancha Alta, unos días después.

En el hilo que publicó en su cuenta de Twitter, el ministro aseveró que, para el 2020, se tiene planeado entregar 363 obras, que permitirán tener agua de calidad en sus casas a más de 260 mil peruanos que habitan en las zonas rurales. “Las inversiones en el país han privilegiado el ámbito urbano, especialmente las ciudades de mayor tamaño, no obstante, la brecha para alcanzar la cobertura universal en agua potable, en el ámbito urbano es de 5.5 %, mientras que en el ámbito rural es de 28.8 %”, señala, justamente, el Plan Nacional de Saneamiento 2017 – 2021, del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento (MVCS).

Asimismo, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) del Perú, en su documento “Acceso a los servicios básicos en el Perú, 2013 – 2018”, en el ámbito rural, al 2018, el 73.6 % tiene abastecimiento de agua por una red pública y solo el 29.3 % tiene servicio de alcantarillado (de una población total de 7 millones de personas que habitan en el ámbito rural). La misma entidad advierte que, en la zona rural, solo el 2.6 % de la población accede a los niveles adecuados de cloro residual en el agua que se utiliza para consumo humano. Dicha cifra, en Cajamarca, llega al 12.4 % de la población y es esa región la que cuenta con la mayor población rural, con el 13.6 %.

Los problemas en las zonas rurales, durante la cuarentena, de hecho, no solo estuvieron relacionadas con los materiales para la cloración, también con los implementos de protección para dicho proceso, como guantes y mascarillas que deben tener los operadores para protegerse. “Se evidencia que los servicios de agua en el ámbito rural están en malas condiciones, siendo las causas directas de esta situación las siguientes: (i) limitada participación de la comunidad; (ii) inadecuada gestión financiera, ya que las cuotas no cubren con los costos de operación y mantenimiento; (iii) deficiente gestión técnica; (iv) deficiente mantenimiento de la infraestructura, pues no cuentan con el personal capacitado ni con las herramientas necesarias; (v) ausencia de supervisión”, sentencia el referido Plan 2017 – 2021 y recuerda el Decreto Legislativo 1280 (“Ley Marco de la Gestión y Prestación de los Servicios de Saneamiento”, el actual marco normativo que regula la gestión y prestación de los servicios de saneamiento a nivel nacional) que los prestadores rurales son monitoreados y supervisados por las áreas técnicas municipales de los gobiernos locales, que también deben brindarles asistencia técnica y capacitaciones.

En el caso del cloro, Chilón explica que es un material “volátil” por lo que las JASS –como Manzanas Capellanía– si no tienen las condiciones adecuadas, no pueden almacenar cloro para periodos prolongados. Es así que, como en este prestador, se acostumbra comprar algunos kilos, cada cierto tiempo, para la cloración que realizan cada siete días. 

“Misión cumplida”, leyó Chilón en el mensaje por WhatsApp que le envió José Humberto Chávez, de Chorro Blanco. Una foto acompañaba el mensaje y ahí los presidentes de ambas JASS: Chávez entregándole cuatro kilos de cloro a Zambrano. “Hemos apoyado a las JASS Manzanas Capellanía, le hemos regalado el cloro. La situación que estamos pasando es difícil para todos”, continuó Chávez, en el chat.

José Humberto Chávez, de la JASS Chorro Blanco, entrega el cloro necesario a Juan Carlos Zambrano de Manzanas Capellanía. Foto: Marya Chilón.


“La alegría de servir en tiempos de covid-19. En un gesto noble, la JASS Chorro Blanco brindó apoyo con cloro para que puedan seguir clorando el agua para consumo humano y brindar un buen servicio a las familias de Manzanas Capellanía. Gracias paisita Humberto, por su gran gesto. Estoy convencida que la vida le compensará cada buen acto que viene haciendo. #ElAguaNosUne”, publicó Marya Chilón en su Facebook, el 8 de abril, finalmente.


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*Esta crónica, junto a otras dos historias, fue una de los ganadores del concurso de testimonios “La vida cotidiana de los peruanos durante la Gran Pandemia” que organizó el Instituto de Estudios Peruanos (IEP). También fue publicada en el porta IAgua.

 

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9 de agosto de 2020

Microrrelato: Espacio en la ciudad


Tras seis asambleas, teníamos que decidir el destino de la huaca del barrio. Décadas atrás, cuando llegaron nuestros abuelos de provincia, la huaca simbolizaba el poderío de una antigua civilización. Pero nacieron nuestros padres y luego nosotros: el espacio se redujo y todos miraron ese montículo de tierra como espacio para construir nuevos edificios. La votación empezó temprano. Primero lo hicieron quienes querían la demolición, pero no esperaban el último esfuerzo de mi abuelo, quien abanderaba su conservación y convenció a su patota –los muchachos a quienes nos adiestró sobre cómo conquistar nuestras enamoradas– para que votáramos por conservar nuestra huaca.

Huaca Colli, Lima. Imagen: Internet.



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7 de agosto de 2020

Gastón Acurio está aburrido y otros dichos pandémicos


Gastón Acurio vivía aburrido entre libros de Derecho mientras saboreaba mentalmente qué sabor obtendría si mezclaba lo novoandino con la alta cocina. “Ya vuelvo”, dijo al promediar la una de la tarde, para irse a almorzar –pequeña premonición–, en su primer día como practicante de abogado, pero jamás retornó a la oficina que lo esperaba para sazonarlo en leyes. El resto es historia recocinada: no paró hasta convertirse en nuestro político más querido sin la necesidad de hacer política. Pero, para ello, Acurio Jaramillo se cuestionó lo que ahora nos preguntamos todos los que estamos confinados entre cuatro paredes por un virus de insospechadas consecuencias: ¿la vida que hemos llevado ha valido la pena?, ¿hemos notado lo verdaderamente importante? 

Gastón Álvaro Acurio Jaramillo
Gastón Álvaro Acurio Jaramillo. Imagen: Internet.

***
Es 31 de diciembre y Ludo está aburrido y con sed, redactando un recurso de embargo, en una oficina de la avenida Arequipa, cuando lanza un gemido poderoso, “como el que dan los ahorcados, los descuartizados”. Ludo ha sudado y bostezado, así, los últimos tres años, “en plena juventud”, en la novela “Los Geniecillos Dominicales” de Julio Ramón Ribeyro. La ficción, que nunca decepciona como la realidad, evidencia, en cierto modo, los efectos de estas semanas en las que nos cuestionamos todo, desde si hemos abrazado tanto como deseamos y necesitamos, hasta si lo que hacemos en el día a día es verdaderamente transcendental. 

Julio Ramón Ribeyro Zúñiga. Imagen: Internet

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Se cumplía la tercera semana del aislamiento cuando una ráfaga de mensajes llegó vía WhatsApp: había sido incorporado en el grupo de exalumnos de la primaria. Saludos y recuerdos se mezclaron con memes y stickers hasta que sucedió lo que estábamos esperando, pero nadie deseaba: las fotos del anuario en el que nos proyectábamos, en la inocencia de nuestros diez años, sobre lo que seríamos de adultos. Veinte años después estábamos ahí, destrozados, frente a nuestros sueños de estudiantes. 

¿Es posible, acaso, que Roberto Gómez Bolaños se haya aburrido algún minuto mientras interpretaba al Chavo del 8, el Chapulín Colorado o el Chompiras? ¿Cuándo Gabriel García Márquez estuvo encerrado creando “Cien años de soledad” pensó en la posibilidad de abandonar la genealogía de esa mágica familia? ¿Hubo alguna ocasión en la que Diego Armando Maradona quiso abandonar a su selección mientras disputaba el mundial de fútbol de México 1986?

Diego Armando Maradona. Imagen: Internet.

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Había salido del trabajo sin notar que olvidaba las llaves de la casa. Era la tarde del viernes 13 de marzo, dos días antes de decretarse la emergencia nacional en el Perú y, por ende, el aislamiento social obligatorio. En las calles aún se respiraba, de alguna forma, confianza, pues mirábamos con lejanía a ese virus –aunque ya se iba propagando por la ciudad. 

Casi nueve semanas después trato de recordar cada minuto de ese día: acaso el último de lo que antes considerábamos una vida normal. Rememorarlo me devuelve a las pequeñas rutinas poco valoradas de esos días: saludar a los vigilantes del camino –cada día con una nueva frase cargada de humor–, disputarse con los compañeros de oficina –entre bromas cargadas de ironía– el primer lugar para calentar el almuerzo en el trabajo, comentarle al vendedor de periódicos que las portadas de los diarios deportivos del país escapan a cualquier género periodístico y pertenecen a una especie de realismo mágico. 

“A la próximo lo bajamos”, dijo alguien en el bus del Metropolitano en el que retornaba a casa, tras escucharse un estornudo, ese viernes 13 de marzo. Sonrisas escondidas vinieron después, en un vehículo casi repleto de gente que aún se sentía libre y que ahora camina con mascarillas, ojos vigilantes que sospechan de todos y de nadie y cuyas miradas escoden un futuro incierto. 

“Extraño dar abrazos” leí en un tuit, hace unos días. Por entonces escuché que hay una fuerza potente cuando nos damos un abrazo, al margen de a quién sea y en qué contexto, tanto si es a un familiar durante un cumpleaños o a un extraño en medio de la vorágine por celebrar un gol de Edison Flores. 

Dar un abrazo. Ese viernes 13 de marzo llegué temprano a casa, temeroso de tener que esperar en la puerta, pues no tenía las llaves de la casa. Sin embargo, a diferencia de otros días, solo yo faltaba de todos los miembros de la familia. Alguna broma se cruzó con los saludos. “Dijiste que llegabas a las diez” –se sorprendió mi madre. “A las diez para las siete” –me justifiqué.



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