19 de febrero de 2011

Nuestra salud pública en veremos: yo no sé mañana

Apostaríamos a ganador que, en el sur del Perú, la mayoría de sus habitantes jamás se enteraron, durante el 2009, que el virus AH1N1 había desatado histeria colectiva en nuestra capital y en el mundo. Durante esas semanas, en nuestro sur resistieron, aunque precariamente, el fenómeno climatológico que les afecta año a año: el friaje.

Las primeras semanas de abril de 2009, el virus AH1N1 se convirtió en la estrella de periódicos y de informativos noticiosos. Catorce meses después, en agosto del 2010, se anunció su fin con una mortalidad baja, en contraste a lo que se pronosticaba -o con las 10 millones de personas que mueren cada año a causa de enfermedades curables, como el sarampión o la neumonía, o con los 2 millones de niños que mueren al año a causa de la diarrea-.


En el Perú se detectó el primer caso de gripe el 14 de mayo del 2009. Como se recuerda, no tardó en desatarse la paranoia colectiva acrecentada por las apocalípticas predicciones de los medios. Se cerraron fronteras, se adquirió 3 millones de vacunas y se promovieron campañas de prevención.

Gracias a Dios, todo bien. Vimos un eficiente, preocupado y abnegado Ministro de Salud, pero ¿qué sucedía en esos mismos momentos en las zonas altoandinas de nuestro país?

Mientras en la costa peruana el clima era de tensión y terror por el virus de moda, en nuestros Andes el friaje devastaba a sus habitantes. En Puno, Moquegua y otros departamentos del sur, repetimos no se enteraron de la existencia de tal virus. Para ellos, el enemigo fue el frío. Sin embargo, en este siglo el friaje ya no mata (o no debería), como se sustenta en esta columna de La Primera.

El frío no es un fenómeno, relativamente, controlable. No mueren personas en Suiza o Rusia donde las temperaturas descienden más que en nuestro país. Mata el olvido, la pobreza, la desnutrición. Las injustas condiciones de vida y el abandono.

El frío que aumenta gracias a la ineficiencia del Gobierno. A la desorganización de las autoridades. A la incapacidad de ejecutar con inteligencia y pertinencia los presupuestos regionales destinados a la prevención. Por la precaria atención en los hospitales locales, por su lejanía de las zonas de emergencia o -en el peor de los casos- por la inexistencia de centros de salud.

No esperemos contar a los muertos por decenas para, al fin, declarar en estado de emergencia a las regiones afectadas, promover campañas de solidaridad nacional o vacunar -a última hora- a las personas más vulnerables. Necesitamos, ¡ahora!, ejecutar las acciones. Mejorar las condiciones de vida, colocar a autoridades capacitadas en la ejecución de medidas preventivas o solicitar la participación de las universidades en la implementación de sistemas de calefacción solar alternativas.

Por ahora solo vemos, lamentablemente, la inacción, falta de previsión e indolencia. Esperemos que este año, durante los meses de friaje...  la historia no se repita.

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