25 de octubre de 2019

Mirar al costado: “Proyectos de amor” por las redes sociales

¿Existe la solidaridad en tiempos del Día del Shopping, Instagram y xenofobia? Wendy Bedoya y anónimos altruistas nos dan esperanzas.

Wendy Bedoya Álvarez: antes diseñadora de interiores, ahora hada madrina

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Wendy Bedoya coge su celular e ingresa al Facebook. No para postear una foto del almuerzo o revisar las noticias o novedades de sus contactos, lo hace para publicar casos: historias de personas que necesitan algún tipo ayuda.

“He visto a una señora que necesita una silla de ruedas”, “un niño busca un albergue para tratarse una enfermedad en Lima”, “una adolescente internada quiere celebrar su quinceañero pero sus padres no tienen dinero”, le escriben por sus redes sociales a Wendy. Entonces evalúa e investiga la solicitud y, si es verídica, activa la red de solidaridad en su página “Proyectos de amor” para obtener la ayuda necesaria. Sea lo que fuese –hasta casas prefabricadas– siempre lo consigue.  

Al año, en promedio, puede beneficiar a más de 82 mil personas –entre campañas, voluntariados y otras iniciativas–. ¿Por qué lo hace?, ¿cuál es su sueño? –quisimos saber.


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UNA NOTIFICACIÓN

Un día de mayo del 2015, mientras superaba la muerte de Imelda, su abuela, encontró su camino. Estaba revisando fotos y videos en el Facebook, cuando vio una publicación en la que solicitaban ayuda para Mario, un adolescente con el 60 % del cuerpo quemado. Wendy lo ayudó con las operaciones que le permitieron recuperarse –abrir las manos, caminar, terminar el colegio– y Mario le aclaró el sentido de su vida. Tiempo después la llamó para darle una noticia: ¿Adivina a qué me dedicaré? –la sorprendió. Wendy no lo podía creer.  

Una nueva notificación suena en el celular de Wendy: otra solicitud de ayuda, esta vez por el WhatsApp. A la semana puede recibir, en promedio, cinco requerimientos de ayuda. Prioriza a las personas enfermas de bajos recursos.

“Me gusta la respuesta de la gente”, agradece, pero ello no evita que Wendy se angustie cuando pasan los días y no puede reunir la ayuda prometida. Si el caso es de Lima, el plazo autoimpuesto es de una semana. Cuando pasaron 6 o 7 días, se encienden las alarmas y recurre a empresas. No le gusta quedar mal con quien la necesita. Si la ayuda es en una provincia, se permite unos días más de licencia: por el viaje de traslado.

Las iniciativas que lidera han involucrado a más de mil personas, de distintas formas. “Algunas veces me dicen: pero yo no tengo dinero. Pero no es dinero, quizá es tu tiempo. O el juguete en buen estado de tu hijo. Hay muchas formas de ayudar” –afirma.



En el 2018 supo de un grupo de adultos mayores que vivía en casas con paredes de plásticos, en Cañete. ¿Conseguiremos la ayuda?, dudó. “Mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo”, escribió en el Facebook. Días después construyeron 16 casas prefabricadas que entregaron amobladas.

“Al final es una cadena de amor para lograr un solo objetivo. Debemos derramar amor por donde vamos” –solicita. “Y si tú ayudas, influyes en tu entorno”.

¿Un mundo mejor es posible? –le preguntamos con desconfianza. “La gente que hemos ayudado, cuando salió adelante, comparte sus donaciones –la cocina, la silla de ruedas– a otras personas. Quien recibe, replica la solidaridad” –sostiene con firmeza.


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HADA MADRINA

Wendy es diseñadora de interiores, pero prefiere transformarse en un hada madrina, como la identifican los niños en los hospitales donde realiza voluntariado, tanto por el amor que brinda como por sus cabellos largos y ondulantes, como en un cuento mágico.  

Dejó parcialmente –sin mucho pesar– la organización de eventos corporativos para preparar fiestas infantiles a menores con enfermedades terminales o crónicas y brindarles unas horas de juegos y música a fin de olvidar sus tediosos tratamientos.

“Ayudar es un sentimiento que no se puede cubrir. Es un pedazo en tu corazón que no lo llena nada”, explica. “Haciendo feliz a otro, tú eres feliz”.

¿La mejor gratificación? Cuando la llaman o buscan, mes a mes, para saber cómo está, darle un presente, quizá una fruta, una foto del niño que ayudó y cómo va creciendo, la niña que ya camina sola, el discapacitado vendiendo en su silla de ruedas, una carta de provincia, un abrazo profundo.  

Sanar jugando: triciclos para que los menores jueguen mientras realizan su tratamiento.

“Nunca me llego a desligar de los casos” –medita, mientras vuelve a observar las fotos que conserva en su celular: muchas historias, necesidades y sonrisas finales.

La experiencia le enseñó que además de dar, también debe enseñar. “Queremos cambiarles la vida a las personas. No solo ayudarlas, buscamos proporcionarles un trabajo digno, según sus posibilidades. Dar trabajo, que sean útiles, porque el asistencialismo es momentáneo. Por ejemplo, tenemos un proyecto de muñecos solidarios, que consiste en que los pacientes tejan, yo consigo la lana, ellos tejen y venden los muñecos: la mitad es para ellos y la otra parte para la fundación a fin de seguir ayudando”.


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MARIO Y UN SUEÑO

Wendy llora de felicidad cuando un paciente se cura. Como sucedió con Mario y, en especial, al enterarse de su destino: estudia Medicina para ayudar a otros niños con quemaduras. Lo que la impulsa a luchar por su sueño: tener un albergue para menores enfermos con cáncer.

Un buen día se puede cruzar con Wendy Bedoya Álvarez por las calles de Lima sin reconocerla, ni a otros anónimos voluntarios. Quizá tampoco prestar atención a quien necesita nuestra ayuda y está en la puerta de ingreso al trabajo, en el semáforo donde esperamos que cambie de luz para cruzar o en el asiento del costado del bus. De repente sí, entonces podríamos tener un mundo mejor.



PROYECTOS DE AMOR

Además de liderar Proyectos de amor, Wendy también encabeza Lanas de amor (pelucas de fantasía para niños con cáncer) y Sanar jugando (triciclos para que los menores jueguen mientras realizan su tratamiento). Asimismo, impulsa voluntariados en distintos hospitales de Lima y provincias para acompañar a los pacientes.  

> Esta historia se publicó en Gutnius (octubre de 2019)


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10 de agosto de 2019

Una travesía con Florentino Ariza y Fermina Daza por el Caribe


Fermina Daza. Ilustración: Luisa Rivera. Fuente: WMagazín 
[Texto publicado, originalmente, en Centro Gabo (memoria colectiva)].

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Los mundos ideados en la literatura son más excitantes que el mundo real. Los escritores más avezados tienen la potestad de crear e introducirnos en realidades paralelas, tan ajenas y disímiles a la nuestra, que superan las limitaciones temporales y espaciales a las que debe resignarse la humanidad.

Así, adentrarnos en un libro nos transporta a mundos que –desdichadamente– no tenemos acceso. Leer a Julio Verne, por citar un ejemplo, nos posibilita viajar al centro de la tierra o pasear cinco semanas en globo por África. Es decir, traspasar la realidad y ponernos a buen recaudo de la rutina y las desazones diarias.

Asimismo, podemos vivir más, cuando ‘vivimos’ las vidas de los personajes y, sobre todo, al tener experiencias que nuestra situación de mortales nos imposibilita: ser otros, tener varias profesiones u oficios, viajar a la Luna, cumplir sueños platónicos, ser, acaso, un presidente o un dictador, quizá un caballero que lucha junto al Mío Cid o un griego que regresa con Odiseo a Ítaca.

Es lo que sucede cuando nos sumergimos en las historias construidas por Gabriel García Márquez: realidades en las que podemos ingresar al cuarto donde el coronel Aureliano Buendía da forma a sus pescaditos de oro; viajar indiscretamente por el Caribe en el buque Nueva Fidelidad junto a Florentino Ariza y Fermina Daza durante los tiempos del cólera; o visitar a María de la Luz Cervantes, la mexicana de 27 años internada en un sanatorio de España.

Situaciones que nunca suceden entre nosotros pero que desearíamos, con todas nuestras fuerzas, que sean reales, que esos personajes tengan carne y hueso y habiten esta tierra con todas sus irrealidades, virtudes, fantasías y manías, y que sus tiempos sean los mismos que los nuestros para vivir. Interrelacionarnos, aprender de ellos, maravillarnos de sus proezas y vicios que se describen en las obras de García Márquez.

Es por eso, quizá, que algunos lectores hemos proyectado a esos personajes en las personas con las que nos cruzamos a diario, como la inconmensurable Mamá Grande, para hacer de este mundo uno más rico y a sus habitantes más atractivos o, acaso, solo poder soportarlos. Impregnándoles de las potestades literarias les conferimos particularidades que los transforman en más relevantes para, así, enriquecer las relaciones humanas. Acaso, ¿nunca se han cruzado con alguien que se parezca al gitano Melquíades, a María dos Prazeres o a José Montiel?

Ciertamente, quienes nacemos en América gozamos con la ventaja de comprender, con mayor cabalidad, esos mundos paralelos que construyen escritores como Gabriel García Márquez. En nuestra Amazonía, la costa, los Andes, el Caribe o la llanura, más que en otras partes del mundo, poseemos herramientas más poderosas para imaginar, con más realidad, esos mundos, gracias, en parte, a la herencia que nos legaron nuestros abuelos prehispánicos y las desgracias, catástrofes y actos heroicos que hemos superado.

Miguel de Cervantes decía que “en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia".

¿Quién no ha sido tentado de releer El amor en los tiempos del cólera para encontrar esperanza en la existencia del amor? O de revivir los Cien años de soledad cuando la rutina lo agobia o de prepararse para una exposición con la lectura de Yo no vengo a decir un discurso. Quizá de experimentar las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa con los Doce cuentos peregrinos o de involucrarse con una vida cautivante en Vivir para contarla.

Es por eso que podemos leer a Gabriel García Márquez en todo momento, a cualquier edad, sin importar el estado emocional, ya sea que estés fastidiado por una existencia sin sentido, feliz por un éxito momentáneo o derrumbado por una desgracia insuperable.

Leer a Gabo, en suma, permite vivir más, gracias a su mágica virtud de construir mundos paralelos con las palabras.

Gabriel García Márquez, en un retrato de Toño Vega.



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8 de enero de 2019

Universitario 2018: el campeonato del partido

2018: el año del infierno para el hincha de Universitario. Las siguientes líneas son una reflexión, en el marco del partido contra Sport Huancayo, el más importante que jugó la "U" para salvarse del descenso, sobre lo que significó esta temporada para el club y sus fieles: otra prueba de amor.

Aptitud: los dedos trenzados y toda la suerte que el hincha de Universitario atrajo para salvar la categoría. Todo cuenta cuando lo deseas con tu vida.

El hincha ha permanecido con las manos inquietas desde el inicio del partido. La camiseta que lleva puesta, con la palabra Nicolini en el pecho, evidencia que tocó el cielo en años previos. Pero hoy vino por otro tipo de obligación: no descender de categoría.

El encuentro crucial para Universitario en el año, contra Sport Huancayo, a las 20 horas del jueves 4 de octubre de 2018. El desastre en Ayacucho nos pone penúltimos, en el mismo infierno: la situación insospechada. La ansiedad nos carcome los días previos, pero también nos moviliza: en las tribunas, en la calle, en las redes, en Lima, en provincias, en todo el mundo. Un antes y un después.

Hoy hay que ganar sí o sí, como sea, como se pueda.

Los primeros minutos son áridos. El equipo intenta, quiere ser protagonista, pero sin resultados. Entonces jugamos en las tribunas: oriente y occidente. Lo vivimos en el estadio Nacional, con esas tribunas habilitadas, sin nuestras populares, sin el pueblo crema por una injustificada sentencia de las autoridades.

Nos han dicho, reiteradas veces, “no se puede jugar en el Monumental”, “partido de alto riesgo”, “no habilitaremos Norte”, “no hay garantías” y hemos padecido cinco controles para ingresar al estadio, un solo acceso para las tribunas populares, abuso de la autoridad… pero persistimos, somos obstinados, nos motivan y fortalecen.

Mitad de un primer tiempo trabado, sin claras opciones y con peligro en cada ataque de Sport Huancayo. El hincha mira al cielo y cruza los dedos: el medio sobre el índice, que trenza y dobla con tensión, sobre su pecho, en su espalda, con una convicción que convence al más ateo de las cábalas.

Jugamos todos, en la cancha, en la tribuna, en las caravanas, en los banderazos, en las redes... en la calle, en el aire, con el alma.


-       
-       - Jugadores, jugadores… los venimos a alentar… nuestra historia es de primera, de primera no se va…” –baja el desesperado aliento de las tribunas.

32 minutos. Tiro libre. Jersson Vásquez está frente al arco norte. Patea, pero va al travesaño. Germán Denis se anticipa y, de palomita, consigue el gol. ¡Gooolll! ¡Goooollll!

Y es Denis: ejemplo de quien llegó a mitad de temporada y fue vital como Pablo Lavandeira y (lo que jugó) Alberto Rodríguez.

La temporada se inició con una moneda al aire: sin poder contratar y con el futuro del equipo puesto en los hombros de jugadores jóvenes y algunos con cierta experiencia. Si se analiza este año desde la perspectiva del vaso con agua, entonces debemos saludar la aparición de jóvenes como Zubczuk, Osorio, Velarde, Barco, Morales y quienes pueden seguir creciendo como De la Cruz, Montesinos y otros.

Llegamos al entretiempo del partido. El hincha y sus dedos parecen desgastados, pero los segundos 45 minutos serán de mayor tensión y labor: traer toda la suerte al equipo y la mufa al rival. El entretiempo también es el momento del hincha contra los rivales que están en casa y parasitan al club. 

Del hincha que en las malas acompaña en las caravanas, participa en los banderazos, agota las entradas, viaja a provincia, viene por su cuenta al estadio: todos son importantes.

El inicio del segundo tiempo potencia el juego del rival, que mueve el balón y merodea el área: nosotros dejamos el papel protagónico para ser un extra.

Cada ataque de Huancayo es un año menos de vida. Los dedos del hincha se mueven intuitivamente como si supieran qué hacer: entrelazarse y bendecir nuestras aspiraciones. El corazón late vigorosamente, se lanzan respiros profundos, insultamos a la vida que nos apremia, apretamos los puños y recordamos a los dioses por unos minutos: nos hemos persignado.

-        -  Jugadores, jugadores… los venimos a alentar… nuestra historia es de primera, de primera no se va…” –exigen los presentes.





Entonces Lavandeira se barre en el césped para recuperar el balón. Denis lo revienta al infinito. Figuera pone la pierna fuerte. Zubczuk se impone en su área.

El aire está cargado de nerviosos. Aguantamos todo el segundo tiempo, pero la última jugada es un capricho del destino. El delantero de ellos frente a nuestro arco, dispuesto a patear. Lavandeira ya no tiene opción de cerrar y, como todos, se lleva las manos a la cabeza. La jugada más tensa. Algunos renuncian a mirar el desenlace y buscan una explicación en el infinito. Los corazones se prolongan en el aire… ¡Afuera! ¡Es un tiro desviado!

Los tres puntos son nuestros: nunca mejor dicho. Nuestros. Del equipo, pero sobre todo de los hinchas porque no lo ganábamos sin el empuje de las tribunas. Sin el aliento que desestabilizó a su 9 en la última jugada, que entorpeció el juego de los rivales, como contra Unión Comercio, Cristal, en Moquegua y en Cusco.

La hinchada que será el mejor refuerzo para el 2019, temporada en la que otros coleccionan figuritas. Porque, entre lo que nos exige nuestra historia (luchar por el campeonato) y lo que nos permite la situación, hay deberes que no negociaremos: darlo todo y sudar la camiseta.

Bonus track: 



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