16 de abril de 2011

El camino diario hacia la Universidad: tolerancia cero

Finalmente he llegado. Aterrizo -¡sí!, he aterrizado- en mi destino después de sortear escalas en improvisados paraderos y sobrevivir a correteos. Dice la Ley de Murphy que si algo puede salir mal, saldrá mal. Mi viaje a la universidad salió mal: llegué tarde y angustiado. Atemorizado como Paco Yunque en su primer día de clases.

El despertador me anuncia el inicio del día, aunque estoy despierto hace minutos -esperando mecánicamente el maniático sonido-. Debe ser la ansiedad. Sin embargo, nadie tiene la culpa de que amanezca. Le resto minutos al sueño, pero ya es tarde. Dan las seis de la mañana y, para colmo, escucho las noticias. Las buenas nuevas son siempre las mismas -y paradójicamente son siempre malas-. Como de costumbre, salgo apurado. Ya son las 6:30 a.m. No hay tiempo para rezar.

¡Súbete!, me ordena el cobrador. Sus gritos no son serpentínicos como los que escuchaba César Vallejo a la hora del bizcocho. Al día paso más de dos horas en estos improvisados vehículos limeños. De ello he sacado algo positivo: a diario aprendo de autos. Es divertido. Me emociona notar que los volkswagen se niegan a morir. Es increíble cuánta creatividad hay en los lemas de los carros. Estamos polarizados: si no es Toyota es Nissan. No hay más.

No sé quién me lo dijo, pero a diario compruebo que es cierto: la única ley que no se ha violado en el Perú es la de la gravedad. En el transporte lo confirmo. Mi chofer conduce irresponsablemente. Él escucha, a todo volumen, alguna cumbia de Tony Rosado, yo, cantos fúnebres. Maneja como si jugara Play Station. Siento que estoy en una aventura computarizada recorriendo calles virtuales.

Arranca el vehículo y mi cuerpo se va para atrás. Las curvas -las de las féminas y las de las carreteras- enloquecen al chofer. Él se entretiene, yo me contengo. Por ratos me siento como los maniquís que se usan para experimentar los efectos de la inercia automotriz en la gente. Frena y voy para adelante. Play Station de verdad. Solo que esto es la vida real.

Noto que el chofer sonríe en silencio. Me quejo. Fuenteovejuna no me apoya. Todos esperan llegar temprano. Cueste lo que cueste. Es mejor perder la vida en un minuto que seguir viviendo un minuto más de esta vida.

Mientras avanzo por las angustiantes calles, la ventanilla me muestra fotografías de una ciudad en constante movimiento. No solo por las contaminantes gigantografías que colorean a Lima, sino básicamente por los expresivos rostros de sus transeúntes. Ya estoy cerca.

Huele a húmedo. Los pasajeros transpiran, las mujeres también, lamentablemente. El ambiente está cargado -estamos en los inicios de abril- pero el sol nos aturde. Por todos lados, Lima me recuerda que las molestias pasan y las obras quedan -eslogan trillado y calculador-. El camino se ilumina tanto que parece retocado con Photoshop. Irremediablemente, llegaré tarde.

Frente a nosotros un vehículo se detiene. Por suerte para la humanidad, el chofer no se ha quedado ciego. Pienso: "nos hemos salvado de una terrible epidemia". Saramago lo predigo pero nuestra ceguera es mental.

Si el hombre es un animal de costumbres y en Lima siempre es hora punta, entonces tarde o temprano nos adecuamos al caos vehicular. Unos duermen, muy pocos leen -la mayoría lo hace para no ceder al asiento-.

San Marcos se aproxima y el cobrador me lo recuerda. Bajo del carro y al fin termina mi secuestro. Una cárcel para alguien acostumbrado a la libertad. Sigo vivo. Noto que involuntariamente no pagué pasaje. Hice mi "faenón". Aprovecho esos céntimos y esta vez no solo leeré las portadas de los diarios -como todo buen peruano-. Hoy me compraré uno.

Envidio de los superhéroes no poder volar. Es demasiado temprano, pero para mi segunda clase.  Llego a las 8:20 a.m. a la espera de compresión. Sin embargo, para mi alivio, el profesor tampoco ha llegado.
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